CARTA AL MINISTERIO DE EDUCACIÓN

Columna de opinión

Por: Anderson Tacury

S

Señor ministro de educación de la república de Colombia, en concordancia con las políticas de diálogos regionales, me tomo el atrevimiento a dirigir una breve, pero crítica opinión acerca de la situación de la educación en mi región. Esto, con la esperanza de trascender, participar y tejer conocimientos para el avance y progreso de las políticas educativas de nuestra nación. 

Muy poco se dice de la maltratada figura del docente, hombres y mujeres inmersos en una lucha histórica de discriminación y menosprecio, luchando por sus derechos y por un reconocimiento social merecido. Lo anterior en el sector público, pero ni hablar de quien se desempeña en el sector privado, atropellado hasta la saciedad por instituciones particulares pseudoeducativas con pretensiones monetarias. Esta narrativa contrasta paradójicamente con la figura ubérrima, que ha obtenido una significante cantidad de seguidores y que se simboliza a través de imágenes sobre fincas, Toyotas, Rolex y otros artilugios, como representación de un plan de vida alternativo con mejores réditos.

En el imaginario de esta sociedad, el maestro no puede competir con el reconocimiento histórico de don Pablo Escobar, reproducido por medios de comunicación estatales y por medios internacionales. Se ve reducido al sometimiento de una sociedad que ve el reflejo de sus malas calificaciones y bajo nivel académico en el profesor, y sobre él se ha construido una figura vacilante y haragana, que solo trabaja medio tiempo, mientras otros realizan jornadas dobles. No es más que desconocimiento de su labor, y desconocimiento fomentado por la misma política estatal descontextualizada, sin garantías suficientes para la implementación de una educación desde y para las necesidades de la república en toda su extensión: urbana y rural, privada y pública, educación básica y media, primera infancia y primaria y, sobre todo: desde y para la educación superior. 

Lo anterior nos lleva al punto central sobre el que quiero centrar mi escrito, y es que este menosprecio colectivo, social y estatal, ha creado una brecha aún más grande y se manifiesta al interior de los recintos universitarios, sobre todo en las licenciaturas. Mientras no se reivindique la figura del maestro(a), las facultades universitarias se seguirán llenando de personas que optan por la profesión por descarte, porque no superaron el puntaje necesario para ingresar a medicina o alguna ingeniería, porque sus familias les obligaron a estudiar, por no quedarse haciendo nada; al mismo tiempo, los programas de licenciaturas se ven obligados a recibir y ajustar su rigurosidad académica para seguir existiendo, así sea con bajos desempeños. Entonces, la materia prima sobre la que se empieza a cimentar las justas reformas de infraestructura e interculturalidad y deporte, quedarían a cargo de personas en su mayoría frustradas que soñaban ocupar otro puesto en la escala social, debido al lugar que posee la profesión en el reconocimiento público de una sociedad que ve en el maestro un blanco al que agredir.

Como resultado lamentable, se da la ocupación de aulas de clase por personas infelices, que cortan la creatividad de educandos que empiezan a prepararse para enfrentar las condiciones de un país tercermundista con altísimos niveles de desigualdad social, y con un imaginario amenazante que ofrece otro camino y así, reproducir un ciclo infinito que ha acarreado nuestra nación, desembocando en numerosas problemáticas como el conflicto armado, desplazamientos forzados, problemas de tierras, analfabetismo, evidente falta de ejercicio de ciudadanía, etc. 

Es obvio que esta macro-problemática abarca muchos aspectos y puntos de vista, y que quedan fuera de discusión otros aspectos iguales o más importantes, necesarios para una reforma educativa, sin embargo, este escrito no es más que un pequeño intento por poner en el radar de la sociedad colombiana un tema de conversación importante, y desatarlos por un momento de la ceguera cotidiana a causa de las redes sociales, que se han convertido en una especie de biografía elogiosa. 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *