A Johann

CHRISTIAN JOAQUÍ

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A mediados de 2005 íbamos en mi carro por la Caracas hacia el norte, antes de la Calle 57, por donde hay un sinnúmero de prenderías, cuando conversábamos sobre qué íbamos a hacer cuando fuéramos grandes. Johann me dijo: Supongamos que nos queden al menos unos veinticinco años más; es decir que lleguemos al doble de nuestra edad actual; nuestra vida productiva tiene apenas unos cinco años y vamos por buen camino. Entonces, tenemos muchas cosas por hacer; hay que seguir escribiendo, me dijo.

El penúltimo día de ese mismo año, mi gran amigo Johann Rodríguez-Bravo sufrió un accidente cerebro vascular que, finalmente, lo condujo a la muerte el 2 de enero de 2006. Para entonces, yo estaba en los Estados Unidos en una estancia corta para practicar inglés y tuve que experimentar lo que consideré era la precariedad de ese idioma para expresar un dolor tan profundo. (Desde luego, la precariedad era sólo mía.)

Johann escribía y leía todo el tiempo. Tenía una pasión incontrolable por la literatura, pero también por la música y la conversación. En el año 1999 una amiga nos cedió un bar en el Pueblito Patojo, mientras las vacaciones de mitad de año. Nosotros le pusimos por nombre El Aleph. En El Aleph los mejores clientes siempre fuimos nosotros, los mismos amigos, que terminábamos hasta tarde escuchando la música que no ponían en otras partes.

Sin embargo lo suyo, en todo caso, fue la literatura. Tan fuerte era su pasión que fácilmente nos la transmitió a muchos otros. Entre el año 2003 y 2004 publicamos una revista que tuvo cuatro números: La Mandrágora fue el nombre que propuso Carlos Mauricio Muñoz y con el que los demás nos sentimos identificados para que fuera el espacio en donde el ego que, supongo, inspira a quienes escriben, encuentra la luz para que los demás lean eso que uno cree importante, correcto o hermoso.

Leí el borrador de su novela Seis versiones sobre Ernesto Varona, probablemente a finales de 2002, aunque su publicación se dio, de forma póstuma, casi nueve años después. Me contó que en España le habían sugerido que le adicionara unas cincuenta páginas más, con el fin de editarla para ese mercado, pero él dijo que no; que así estaba ya hecha. Ciudad de Niebla, publicada también de manera póstuma en 2006, narra esa Popayán que nos tocó en suerte durante parte de los años noventa: las pandillas, los carros con grandes equipos de sonido, las fiestas y los primeros amores. Un personaje que aparece fugazmente en una de sus páginas se llama como yo.

Tuvimos, eso sí, el placer de gozarnos su único libro editado en vida: Aquella Vida de Mago (2004), bajo la edición de Felipe García. Un libro de cuentos que había preparado durante sus primeros años como escritor, pero que dejaban ver, desde entonces, su talento deslumbrante para narrar; para que a través de una suerte de sinestesia, pudiera con letras, llenar imágenes la retina y en la mente recuerdos de cosas que nunca pasaron.

Aquella vida de mago me lo entregó en Bogotá en un café en la séptima con 59. Lo felicité y le dije: gracias y me dijo: No; son quince mil pesos. Yo de esto pienso vivir y mis amigos me tienen que ayudar. Una vez pagado el libro, entonces escribió: “Para Christian Joaquí estas aventuras patojas que tiene algunos detalles que podrá gozar mejor que otros. Johann”

El pasado 20 de octubre Johann debía estar cumpliendo 38 años y, como dijo un día Salvador Dalí: dónde, sino en mi ciudad-refiriéndose a Cadaqués- dónde, sino aquí en Popayán y en su primera Feria de Libro, había de realizarse un homenaje a él y a su obra. Esta ciudad que siempre ha sido la de nuestros amores y frustraciones.

El 30 de octubre de 2018, a las cinco en punto de la tarde, en la Feria del Libro de Popayán se hará un homenaje a Johann Rodríguez-Bravo; a su nombre; a su vida y también a esa mitad de la vida que, al menos, él esperaba que le quedara cuando a mediados de 2005, íbamos en mi carro por la Caracas con 57.