De la protesta social al vandalismo

ÁLVARO GRIJALBA GÓMEZ

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Somos demócratas integrales, siempre lo hemos sido y lo seguiremos siendo, porque creemos en la democracia, en el Estado Social de Derecho, respetamos la Institucionalidad, acatamos la autoridad constitucional del Estado, defendemos la libertad de expresión, la protesta social civilizada, rechazamos las dictaduras, el terrorismo, el vandalismo, la censura de prensa, todo lo que determine una violación a los derechos humanos y atente contra las libertades democráticas, lo que afecte la dignidad del ser humano como tal y sus derechos.

Pero los dolorosos y terribles hechos ocurridos el pasado jueves en nuestra amadísima Ciudad, que acaecieron también en otras ciudades del país, y desembocaron en el frenético y enloquecido vandalismo del encapuchado extremismo oportunista de izquierda, que convirtió el parque de Caldas y las calles céntricas de la muy Noble e Hidalga Popayán, en horroroso campo de batalla después de la manifestación estudiantil de protesta en defensa de la universidad pública, son absolutamente indignantes y repudiables, y los censuramos públicamente por ser mecanismos equivocados para lograr reivindicaciones sociales y universitarias. No siempre el fin justifica los medios.

Los rechazamos enérgicamente como ciudadanos demócratas, como payaneses, como académicos, que amamos y defendemos nuestra tierra, nuestra Universidad, nuestros valores y nuestra democracia que muchas veces es absurdamente permisiva.

No sabemos de dónde salió la desatinada orden de desalojo del campamento de carpas que desde hacía más de dos semanas un grupo de estudiantes había instalado frente a la emblemática Basílica Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, en el parque de Caldas corazón de la Ciudad, para que se hiciera en el mismo momento de la protesta que se adelantaba para exigir mayores recursos para la educación, empleando la fuerza pública.

Lo cierto es que ese fue el detonante que llevó a que la marcha degenerara en batalla campal, con heridos de parte y parte, y brindó en bandeja de plata, una excepcional oportunidad al incontrolado y suelto extremismo infiltrado, que siempre aparece en estos eventos, para encapullado saquear y destruir archivos, como hizo con el Icetex, atropellando impunemente una entidad que brinda importante servicio a la comunidad universitaria proporcionándole recursos a los estudiantes de escasos medios económicos para adelantar sus estudios. Qué irónico emprenderla contra una institución que sirve a los estudiantes de todas las universidades en Colombia.

Se destruyeron tapas de alcantarillas para apertrecharse y enfrentarse a la fuerza pública, se llenaron las paredes blancas de la Ciudad de grafitis y consignas, se creó el caos total, se enraleció el ambiente de gases lacrimógenos y artefactos explosivos, y vimos una desbandada de aterrados ciudadanos del común y de estudiantes manifestantes, que corrían a buscar refugio para huir de la confrontación, que se hubiese podido evitar con un diálogo racional y pacífico entre las partes, y que hacia futuro debe evitarse de esta manera, pues existen argumentos más que válidos para hacerlo.

Pero que procacidad destruir lo que sirve, irrespetar, ultrajar y marcar con el hierro de la esclavitud mental de algunos desadaptados, una Ciudad como nuestra amada Popayán de centenario y glorioso pasado, complejo presente pero promisorio futuro, que ha abierto sus puertas y extendido sus brazos con inmenso amor como madre bondadosa y tierna, para arropar con su sabiduría, su historia, sus valores, sus templos, sus universidades, sus libros, su academia, su poesía, sus paisajes y todo lo bello que posee, a miles de estudiantes para educarlos y convertirlos en ciudadanos de bien para la sociedad.

Somos orgullosamente payaneses y ex alumnos de nuestra Alma Mater la Universidad del Cauca, que tantas glorias le ha dado a la Patria y al mundo. Ella ha formando preclaros y prestigiosos profesionales en todas las áreas del conocimiento, ilustres e insignes expresidentes de la República, defensores de la democracia, expertos y competitivos emprendedores, líderes en todos los órdenes, miles de ciudadanos de bien que han servido y sirven a la comunidad. Ella es símbolo glorioso de las letras en el mundo de la academia.

Por todo ello y por mucho más, es que nos duele profundamente y nos parece una absoluta injusticia con nuestra amada Ciudad, la Universidad y la comunidad payanesa toda, lo ocurrido el jueves, y esperamos que el diálogo inteligente, sincero, sereno y constructivo de la dirigencia universitaria con el gobierno, permita solucionar esta crisis que nos afecta y atañe por igual a todos.

Recordemos como dijo Platón, que “el primer gran mal es que la injusticia permanezca impune”.