EL NIÑO CANTOR

Recordando a Bette Davis y Joan Crawford, en ¿Qué fue de Baby Jane?  

Por: Felipe Solarte Nates

-Está bien angelitos del demonio… ¡Todos al patio!…  en cinco minutos deben estar listos y en fila-.

Soplando con insistencia el estridente pito y rasgando el bolillo sobre las rejas de las celdas alineadas a lado y lado del pabellón, el guarda de la prisión refrendaba su orden.

Hacía 18 horas Pedrito estaba detenido. Aunque esporádicamente había pasado máximo dos días en centros de detención temporal, por peleas y escándalos con sus amigos, después de noches de juerga y más a menudo -cuando lo detuvieron varias veces en antros donde se reunían los fumadores de ‘crack’, basuco, cocaína y adictos a la heroína-, esta vez sabía que la temporada sería larga. 

Iba a pagar el alquiler de varios años en una celda de Caravanchel, con el kilo de cocaína que le decomisó la patrulla cuando le revisó el maletín que acababa de recibir del colombiano, al que también detuvieron y a otros de sus compañeros. No había duda, los estaban siguiendo.

Pero lo que más le preocupaba era la tormenta que se desencadenaría cuando allanaran el apartamento y encontraran a su hermano, pues ya deberían haber obtenido la orden judicial. 

Mientras caminaba al patio con la mirada extraviada, ya sentía lo duros que iban a ser los largos días en otra prisión más estricta que esta, encerrado como burro amarrado entre verdaderos tigres, algunos con cara de gatitos indefensos, pero con sus perversas mentes dispuestas a cometer toda clase de abusos y crímenes, sobre todo contra los recién llegados que no les caían bien, o sádicos condenados por genocidios, infanticidios, violaciones, y otros delitos por el estilo, que ellos se cobraban, tras las rejas, en los baños, talleres y sitios solitarios de la prisión…   aplicando la ley bíblica del Antiguo Testamento: “ojo por ojo y diente por diente”. 

-Ahora falta que se enteren de quién fui yo en mis años de gloria y me pongan a interpretar las canciones que me hicieron famoso cuando aún no había crecido ni cambiado de voz-, pensó mientras se ubicaba en la creciente fila.

Al abrirse la gigantesca puerta del patio entró un numeroso pelotón de policías con la orden de requisar celda por celda, en busca de armas, marihuana, basuco, pepas, alcohol y teléfonos celulares.

Se estremeció al recordar que había dejado a su hermano con los brazos amarrados a la baranda de la cama, con una venda en la boca y con el teléfono desconectado para que no pudiera pedir ayuda en caso de que lograra soltarse. Había quedado invalido desde hacía tres años, después de una pelea entre los dos, cuando estaban borrachos y rodaron gradas abajo, llevando la peor parte Ancizar, al lesionarse la médula espinal y a quien en el fondo odiaba pues creía que “El me robó la fama y la gloria y ese fue un castigo divino”.

Eran hijos de artistas de teatro ambulante recorriendo pueblos y ciudades de España, representando las obras de Federico García Lorca y otras de los clásicos del Siglo de Oro, español. Gracias al medio familiar y a sus vínculos, ambos hermanos desarrollaron sus inclinaciones artísticas. 

A los 65 años de Pedrito y 62 de Ancizar, sus vidas y éxitos habían sido como dos flechas en contravía. 

La de Joselito fue exitosa en su niñez de “Niño cantor”, con numerosas películas filmadas. Pero al llegar a la adolescencia cayó en vertiginoso descenso a la par que crecía; mientras la de Ancizar fue en ascenso, cuando nadie daba un peso por él y su vida anónima de niño y adolescente, haciendo pinitos como actor de teatro, relumbró, después de la elogiada actuación en Bodas de Sangre y de ahí en adelante, siendo disputado por prestigiosos directores de cine buscándolo como protagonista en películas que lo catapultaron a las mieles y sinsabores de la fama. 

Al entrar a la adolescencia y cambiar de voz, transmutando sus rasgos finos de niño idolatrado a los poco atractivos de adulto tosco de baja estatura y calvicie precoz, a Joselito no volvieron a llamarlo para protagonizar las películas que atiborraban los matinales en las s salas de cine de España y desde México hasta la Argentina. 

Al sentirse abandonado por los productores y el público que no lo reconocía en la calle, pronto se envició al alcohol y las drogas y en pocos años evaporó los restos de la fortuna que en gran parte habían disfrutado sus acudientes y administradores y que empezó a administrar al cumplir la mayoría de edad. 

Su vertiginosa decadencia, el éxito de Ancizar y el recuerdo de que él había sido el preferido de su madre y además “robado la fama”, lo llenó de envidia carcomiendo su sentimiento de amor fraternal. 

A pesar de las apariencias de estar cuidándolo después del accidente y cuando Ancizar ya había sido abandonado por su esposa, en el fondo disfrutaba haciéndolo sufrir, aparentando que lo atendía, mientras lo ponía aguantar hambre, vaciaba sus cuentas falsificándole la firma, llevando su cédula cuando se trataba de hacer un retiro de dinero en el banco o imitando su voz cuando por teléfono hacía algún pedido de víveres y licor en la tienda del barrio. 

-¿10 años por la coca y quién sabe cuántos años me encimarán cuando ése invalido cante?-, pensaba Pedrito. 

– De aquí saldré en camilla, cubierto por una sábana y con los pies pa’delante-, musito en voz baja, mientras un recluso que estaba cerca se quedó mirándolo con los ojos fuera de órbita y gritó 

-¡Muchachos, muchachos! ¿Adivinen quién está aquí?…  Nadie menos que ¡el Niño Cantor!…  es el mismo de la foto del periódico cuando lo agarraron con la cocaína…  – ¡Qué cante, que cante!- 

-¡Que cante ¡El Niño y el toro enamorao de la luna!- estallaron los reclusos en un creciente coro.

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