Sin memoria

RODRIGO VALENCIA Q

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Es bueno olvidar los años; se van como viento sin barreras. Las nubes se vuelven nuevas, los montes agradecen esa novedad, el cielo permanece claro y el sol es cauto, no arde con dolor.

La noche, envuelta en estrellas cenicientas, abre portales a un bar equidistante entre el cielo y la tierra; allí van todos los bohemios a celebrar su falta de memoria; el excesivo trabajo les ha hecho olvidar las cosas, las palabras, los nombres. Uno de ellos tiene como sesenta años inciertos; no ha parado de ver que ni los árboles ni el agua abrazan el amor, y por eso permanecen incólumes contra el tiempo y los caudales del dolor; siguen firmes, ensimismados, contemplando su propio sueño que no tiene frío ni calor. Y entonces entona un canto con palabras nuevas, inventadas al acaso y, al paso de la melodía, de la chimenea surgen poco a poco danzantes que no se sabe si son hombres o mujeres. Lo interesante es que se entienden entre ellos con sus gestos, sin hablar, porque no tienen boca que puedan abrir; sus labios son eternos candados de los secretos de la inteligencia, esa que no se puede mostrar a través de las palabras. De ahí en adelante, los bohemios se contagian, se bautizan a sí mismos con un espíritu nuevo, y cuando vuelven a sus casas no los reconocen; se han transfigurado, han perdido la vejez de la mirada, sus rostros tienen el tono del marfil brillante, sus cabellos ondean con cierta luminosidad. No importa que no los reconozcan; de ahora en adelante sus únicos amigos son los danzantes asexuados, y cada noche vuelven, se encuentran con ellos, en el bar de las memorias perdidas.