Editorial: Alucinógenos y redes alrededor de los jóvenes

El asunto es demasiado grave y ni el Estado, ni los centros educativos, ni las diversas comunidades religiosas, ni los estamentos sociales han detenido su mirada con suficiente atención en hecho social tan desastroso y si bien –intermitente y desordenadamente– se tocan timbres, no hay un plan para enfrentar radicalmente el flagelo, ni se han tomado las medidas que las circunstancias exigen, ni se han implantado políticas decididas, ni se le ha transmitido a la sociedad la necesidad imperiosa que hay de acometer una lucha sin cuartel en todos los frentes.

Colombia no ha logrado tomar cabal conciencia de que tenemos un palpitante y cada vez más arraigado problema social: el creciente consumo de drogas entre los jóvenes. Somos el país del área andina en que los jóvenes consumen más sustancias psicoactivas ilícitas y nuestros universitarios son, en la región andina, también, los que tienen la más alta disponibilidad a tal consumo, según un estudio realizado por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, en colaboración con el Ministerio de Justicia.



Allí no para tan grave asunto. Colombia es el país del área andina en que los jóvenes se inician a edad más temprana en el consumo de drogas y donde, según la nueva generación, hay más fácil acceso a la marihuana.

Fuera de la marihuana, la droga que más usan nuestros universitarios es el LSD, sustancia psicoactiva que, además, es la que más se suplanta en el mercado negro pues se venden, masivamente, cerca de 7 moléculas de NBOMe como si fuera LSD sin serlo, pero sus consecuencias son más graves para la salud. Y ojo, todo lo anterior sin contar con el auge de nuevos alucinógenos sintéticos cristalizados que producen efectos muy dañinos en el organismo y que infortunadamente pululan en zonas rosa en nuestras ciudades y Popayán no es la excepción.

Esos datos, contenidos en un serio estudio epidemiológico, deberían prender alarmas en la comunidad pero se palpa la indiferencia del conglomerado, contrastando con ello el drama que viven cada vez más familias cuyos hijos consumen drogas y lo que es aún más amargo, los cientos de miles de núcleos familiares que ignoran que sus hijos caminan por tan funesta senda.



El Estado, a través de diversas agencias, enfrenta el problema pero los recursos financieros, estructurales y logísticos destinados a ello son insuficientes frente a la dimensión del desafío que se vive pues las redes de microtráfico que hay en nuestras ciudades tienen una infraestructura y una capacidad de operación muy amplia, sólida y dinámica.

Casi una cuarta parte del total de universitarios colombianos ha consumido drogas ilícitas en el último año. Esa es una proporción muy significativa pero el país es indiferente a ello, cree que el problema es de cada familia víctima, dándole así la espalda a una amarga realidad social. En tanto, el problema crece y es de todos.

Algunas universidades adelantan campañas para ponerle freno al consumo de drogas alucinógenas, alcohol y tabaco al interior de los claustros pero los estudiantes, torpemente, consideran que ello atenta contra el libre desarrollo de su personalidad.

Lo que ocurre en derredor de universidades y colegios llama a escándalo. En tales lugares hay intrincadas redes de microtráfico de drogas ilícitas y pululan los establecimientos dedicados a vender licor. Y las autoridades no han logrado poner freno a ello.

Si Colombia y en nuestra región sigue siendo inconsciente de la dimensión del drama que vive por este flagelo –al que pocos le quieren prestarle atención–, el futuro es aterrador y ante amenazas sociales tan graves, tradiciones como las más arraigadas en cualquier ámbito, estarían al borde de cambiar dramáticamente o incluso de desaparecer.