Ciudad y espacio público

CARLOS E. CAÑAR SARRIA

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En el proceso de modernización de las ciudades latinoamericanas es preciso destacar uno de los problemas frecuentes encontrados en ellas. Se trata de la violación o el “asalto al espacio público”. El desarrollo desigual del capitalismo, la aplicación del modelo económico neoliberal, la carencia de unas políticas públicas de empleo, las legislaciones laborales que invalidan el trabajo estable de la gente, el desmejoramiento de las condiciones socioeconómicas de las familias, son entre otros factores, desencadenantes de conflictos en el seno de la misma sociedad y entre ésta y el Estado.

La ciudad, considerada la casa del hombre debe contar con espacios adecuados para que la gente pueda disfrutar con libertad y tranquilidad el espacio público como recurso, como producto y como práctica. .El espacio corresponde a los escenarios que posibilitan a los habitantes el disfrute de la vida citadina, se construye o se adecua a las necesidades de la población. Disfrutar del espacio, hacer grata la movilidad, la recreatividad y la realización ordenada y coherente de las actividades laborales, implica a la vez la consolidación de una ética ciudadana, es decir, la concientización de todas las fuerzas sociales para evitar que el espacio público termine en manos privadas. Es necesario recalcar en la necesidad de implementar medidas y alternativas de cultura ciudadana, pues ahí puede estar la respuesta a muchos problemas de las ciudades modernas. Sin embargo, es tarea muy complicada la defensa de unos derechos desconociendo otros. Un problema difícil de resolver por parte de las municipalidades latinoamericanas.

Hace unos días, se pudo ver en las redes sociales, el video de una escena indignante y conmovedora, que marca la relación entre el abuso y la solidaridad: un hombre sentado sobre el andén llora de manera desconsolada porque las autoridades policiales-según se dijo- le destruyeron violentamente la mercancía. Alrededor de la calle se ven unas frutas destruidas y esparcidas desordenadamente. Por fortuna los transeúntes le consolaban y con admirable gesto solidario le entregaban unos billetes para así contribuirle a reanimarlo y recuperar lo perdido.

Por lo tanto, la o solución no es la ‘expropiación’ o la expulsión violenta de quienes invaden el espacio que debe ser público, sino la concertación, el ofrecimiento de alternativas atractivas de reubicación o de opciones laborales y de convivencia ciudadana. La denominada economía del rebusque, las actividades laborales callejeras, las ventas ambulantes son expresiones del derecho legítimo a la supervivencia que el Estado no puede desconocer porque una de sus obligaciones es ser garante del bienestar y la seguridad de todos los asociados. El sociólogo Max Weber sostiene que “sin economía no hay sociedad”. Sin condiciones materiales de existencia, las sociedades desaparecen. Por su parte Marx, es enfático en señalar que el hombre es un ser económico, por lo tanto, lo primero que hace es resolver sus necesidades básicas de subsistencia. En las sociedades modernas es necesaria la voluntad política de los diferentes actores sociales en la defensa del espacio público y en la democratización de las ciudades. En no pocas ciudades latinoamericanas, las administraciones municipales hacen esfuerzos en alternativas de solución al problema de la violación del espacio público, no obstante, las respuestas no han sido las esperadas y el problema en lugar de minimizarse se acrecienta cada vez más.

Estudiosos del tema del espacio público han señalado unos procesos y componentes fundamentales del nuevo modelo cultural emergente en las ciudades relacionados con la problemática, entre los cuales destacamos: el agravamiento de la desigualdad, la marginalidad y la polarización espacial; el impacto de la marginalidad sobre la ciudad; la militarización del espacio público; la suburbanización como forma de escape y como otra forma de “modernización disfrazada”; el impacto del auto y las “vías de circulación rápida”; la consolidación del “barrio-mundo” y de la “casa-mundo”, reforzados, respectivamente, por una concepción clasista e individualista del mundo; el vaciamiento, abandono y deterioro de la infraestructura y los espacios públicos tradicionales; la concentración de un conjunto de actividades sociales y culturales en locales especializados y “purificados”; el desplazamiento de las relaciones sociales y personales “cara a cara” por relaciones virtuales y relaciones opacas; la reorganización real y simbólica de los espacios de la ciudad, como resultado de una manera diferente de vivirla, de relacionarse y de pensarla; el impacto de los medios masivos de comunicación y los espacios virtuales.

Los mandatarios locales no deben ejercer el poder pasando de agache a una serie de problemas consustanciales al espacio público que tienen que ser tramitados y atendidos en el orden de prioridades. Desde luego que la autoridad hay que ejercerla, pero hay que agotar todos los recursos posibles en generar los menores costos y traumatismos a la gente. Países como el nuestro donde un grueso número de la población transita entre la pobreza y la indigencia, debe recurrir al diseño e implementación de políticas públicas que saquen a la población del alto grado de marginalidad.