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Borges

VÍCTOR PAZ OTERO

victorpazotero@hotmail.com

Explorador de mapas y rutas olvidadas, hacedor de algebras sagradas, de caligrafías fantásticas y siniestras. Poseía toda la sabiduría de un hombre que supo contemplar largamente la solitaria luna. Además fue un sujeto que, a pesar de haber sido muchos, nunca fue aquel en cuyos brazos desfalleció de amor Matilde Urbach.

Borges era como la inteligencia y era su encarnación más perfecta. Borges era la literatura. Con él. La poesía alcanzo el vértigo de la metafísica y la sublime y verdadera tensión de toda autentica belleza.

Le dio por escribir una obra alucinada y alucinante. Una construcción de extrañas y asombrosas perfecciones. Allí la lógica Exaspera la razón. Allí la lucidez tortura y fatiga la inteligencia. Allí el misterio revela sus estremecedores elementos en el esplendor de una metáfora. Allí el ser y el tiempo, allí el circulo y el espejo con forma de una eternidad incomprendida son sometidos al escrutinio implacable de unos ojos ciegos que todo lo escudriñan y todo lo descifran.

Le gustaba entrar y permanecer en la otra sombra, sin la triste plegaria del medroso o del doliente.

Fue ante todo un viejo y ciego homero de estos siglos recientes y sombríos. Puede decirse – y no importa que haya un tenue aleteo de desmesura- que era un ser eterno, atemporal y sabio que recorrió los tortuosos caminos de los antiguos dioses vestido con el sayai iluminado del porta y que en ese largo peregrinar por los crepúsculos, por las proféticas memorias y por los arduos arquetipos de la idea, y también por el esplendor de los olvidos y por las remotas constelaciones y las sombras, solo supo como Ulises que el arte es esa Ítaca de verde eternidad, no de prodigios.

Borges de alguna y de muchas maneras era el mortal de próximo y más íntimamente cercano a lo divino. Creador, constructor y destructor de cosmogonía y abstractas y ajenas, exploro innumerables universos como si fuera un demiurgo lúdico y perverso. Nos legó una obra que es un caos y es un cosmos, y sin embargo ocultaba en su alma de poeta.

Supo mirar con desde el desfiles de los siglos y sus noches, las vastas constelaciones, los ponientes y las generaciones, las águilas, los fastos, porque en el fondo íntimo de su frágil corazón iluminado quizá logro intuir que el destino del universo todo es apenas la búsqueda siempre inacabada de un poema que un día nos develara los sueños.

Es perfectamente factible suponer que después de él, la literatura tendrá que hacer un esfuerzo sobrehumano para lograr esa tensión y esa abisal complacencia con los lenguajes del misterio, esa elaboración de lo perfecto y esa estremecedora capacidad de aproximarse al ser esencial y verdadero de todo lo existente.

Ni erudito ni filósofo, ni metafísico no teólogo, era solo y solamente un poeta ciego y sabio, un hombre a quien le correspondió no haber tenido música en el alma si no tal vez un herbario de metáforas y argucia y un desdén de lo humano y sobrehumano. Esa era su gloria, ese fue siempre su triunfo y por eso solo una cosa no habrá y es el olvido.

Cuando alguien vino a contarme que había muerto, pensé que de alguna manera era como la muerte del poema, pero quiera Dios que, como en el rio de Heráclito, su muerte sea un retorno y que ahora cuando él se puso a errar por las lentas galerías con un vago horror sagrado, él sea el otro, nunca el muerto, el que seguirá caminando con los mismos pasos en el mismo día.