Ardí un 24 de diciembre

POR FELIPE SOLARTE NATES
Testimonio de un sobreviviente de las quemaduras producidas por los ‘inocentes’ juegos con pólvora.

Pequeños artefactos que para muchos son como juguetes, pueden fácilmente producir dolorosas quemaduras y sobresalientes cicatrices que marcan a los sobrevivientes para toda la vida.

A lo lejos se escuchaba la música del agonizante año 1966. Desde el cuarto piso del quirófano del Hospital Universitario San José, me llegaban nítidas las notas de los Melódicos, su rival de patio, la Billos Caracas Boy’s, los Corraleros del Majagual, las canciones de la Sonora Matancera, el infaltable ‘faltan cinco pa’ las doce’ y otras canciones que sonaban como alejándose en un sueño a medida que la anestesia hacía su efecto en medio del estruendo de los cohetones y la pólvora… Si, la pólvora, cuyos estallidos me transportaban a la Nochebuena fatídica y la principal causante de que ese 31 de diciembre, a las ocho y media de la noche, estuviera acostado en una de las camillas de Cirugía, esperando que me rasparan con jabón quirúrgico y cepillo, la densa capa de pus verde, casi efervescente, que durante ocho días, en el vetusto hospital de Santander de Quilichao, se había incubado en las heridas abiertas en diferentes partes del cuerpo: la menos profunda pero más dolorosa, extendida por la profusamente inervada mano derecha y el antebrazo interno; y las de mayor extensión y profundidad, de segundo y tercer grado, sobre el abdomen y parte externa del muslo. Eran las más graves, pero indoloras, pues habían afectado, además de la piel, dermis y algo de músculos, los nervios. Milagrosamente el ‘pájaro’ no fue afectado gracias a que la correa del pantalón detuvo el descenso de las llamas.

Todo había empezado, el 24 de diciembre, como a las ocho de la noche, cuando andaba con el negro ‘tusi’, que embolaba zapatos en el parque principal y otros amigos de primero de bachillerato, minutos después de salir del teatro Paz, donde en la función de vespertina, vimos una película sobre el ‘Rey Pelé’.

– “Vámonos a la casa, que mi papa compró una caja llena de pólvora”, les dije a mis amiguitos, cuyas edades oscilaban entre los diez y doce años, – Yo me encaleto un resto para que la quememos en el parque-.

Así lo hicimos y cuando llegamos a la casa, a media cuadra del parque central, en el vecindario ya había empezado la quemazón y el estruendo. La caja estaba a la entrada de la casa. Tomé una hoja de ‘diablitos azules’ que tendría más de 100, la partí en dos, las doblé y me las distribuí en los dos bolsillos delanteros del pantalón. Cogí un atado de bengalas envueltas en el papelillo de elevar cometas y me las metí en medio de la pretina. Le eché mano a una docena de sacaniguas y saqué uno del atado. Lo arrimé a la vela que estaba fijada en la acera. Encendí la mecha lo arrojé y se me devolvió. En fracción de segundos me prendió el resto de silbadores que tenía en la mano izquierda y arranqué a correr, pues mis ropas estaban encendidas y como una ‘vacaloca’, de mi cuerpo sonaban las explosiones de los totes y las luces de las bengalas que empezaban a prenderse.

Ardía la camisa de manga larga y cuadritos verdes confeccionada por mi madre y que acababa de estrenarme. Azuzado por el dolor corrí, hasta que en el amplio umbral de la Caja Agraria me agarraron del cuello y tumbaron, era Alfonso Luna Geller, el hoy director de Proclama del Cauca, que pasaba por ahí y se dio cuenta de la situación. Intentando apagarme. El pantalón que estrenaba Alfonso, se le quemó y pronto llegaron en su ayuda otros vecinos que me quitaron la ropa y llevaron al hospital, que en esa época era muy primitivo.

Por la Navidad, escaseaban los médicos y mientras esperaba que me atendieran en urgencias, sentía intenso dolor sobre todo en la mano derecha y parte del antebrazo. Al tocarme el abdomen y la pierna, donde las quemaduras eran más profundas, no sentía nada.

Al final de las horas me atendieron, lavaron las heridas con agua oxigenada, y me aplicaron unas inyecciones y pomadas. Me asignaron una cama en la sala general, pues las dos pequeñas habitaciones de ‘pensión’ estaban ocupadas. A la madrugada del 25 de diciembre hubo gran conmoción y movimiento en la sala… se había accidentado una chiva llena de campesinos, en el trayecto entre Caldono y Sibería. Varios murieron y los sobrevivientes con los rostros desfigurados por los golpes, eran mis vecinos de cama y a visitarlos llegaban sus parientes y amigos enruanados que se sentaban al borde mi cama.

En esa época no existía sala de cuidados intensivos y menos pabellón aislado para quemados.

El 29 de diciembre, el médico Néstor Solarte, visitó a unos parientes de su esposa, residenciados en Quilichao. Fue a verme al hospital y recuerdo que le dijo a mi madre: – Si no se llevan rápido a este muchacho para Cali o Popayán, se les muere- Esa quemadura está muy infectada y puede caerle gangrena-, agregó.

Afortunadamente, mi tío Daniel, era gobernador del Cauca y pronto enviaron desde Popayán, una ambulancia que me trasladó al Hospital San José, donde empezó esta historia y fui recluido en una habitación de pensión, después de que a punta de cepillo y jabón, desgarraron la costra de pus, y me dejaron como si hubiera recibido una garrotera por todo el cuerpo y sin poder moverme porque me dolía hasta el pelo.

Acompañado de Ana Beatriz, mi madre, permanecí por tres meses en el hospital San José, soportando ocho inyecciones diarias de potentes antibióticos como el Kantrex e innumerables capsulas y pastillas para el dolor, el riego de desinfectantes y la tortura durante todas las mañanas, de curaciones con pinzas, tratando las enfermeras, de agarrar sobre la carne viva, los islotes de pus, que intentaban colonizar la herida cubriendo la tercera parte de mi cuerpo, causándome torturantes dolores y profusas hemorragias cuando rozaban alguna vena o arteria que estaban a la vista; además de las sesiones de fisioterapia, para desgarrar los tejidos de incipiente piel, que estaban cicatrizando encogidos, al adoptar en la cama una posición lateral, que me atenuaba el dolor. Entonces medía un metro y veinte centímetros






Recuerdo que pasado el mes de mi permanencia en el hospital hubo un terremoto, que hizo mayores daños en el centro del país; pero que en Popayán fue suficiente para que tumbara y se astillará al caer, el cuadro del Sagrado Corazón de Jesús, que habían colocado encima de la cabecera, sobre el ‘iglú’ de varillas de hierro, que instalaron en mi cama para echar sobre él las cobijas y así evitar que las pelusas de lana, se adhirieran a la piel viva de la quemadura.

Cuando a los tres meses, fui dado de alta del hospital, las heridas seguían en piel viva y fui acogido en la casa de mis padrinos Roberto Ante, mi tía Emma Solarte y mis primos Diego, Ligia, Jaime y Cecilia, quienes me acompañaron durante siete meses, tiempo que duró la cicatrización de la herida, y durante el cual debí permanecer en cama, como en el barril del ‘chapulín colorado’, metido en la cueva metálica sobre la que colocaban las cobijas para que no se pegaran a la herida, acompañado por un radio transistor en el que oía noticias y radionovelas como las de ‘Kaliman’ y ‘Arandú’, los partidos de futbol y leyendo la rica colección de Readers Digest, que desde los años treinta coleccionaba el viejo sabio de Don Roberto. Ahí fue cuando leí numerosas crónicas y reportajes de sucesos memorables narrados por grandes escritores y sobre las batallas de la Segunda Guerra Mundial y otros grandes artículos, que despertaron mi interés por narrar historias.

Recuerdo que cuando sólo quedaba una pequeña área sin cicatrizar, llegó a Popayán la vuelta a Colombia. Ese día me paré de la cama, me puse una gaza, sobre la herida que faltaba por cicatrizar en la parte externa del muslo, busqué la ropa y los zapatos nuevos que me habían guardado en el closet y me volé a ver la llegada de la competencia. Llevaba cerca de diez meses sin salir a la calle y en el camino sentí un leve mareo, pero al fin en medio de los estrujones, vi la llegada de la etapa, en el parque Caldas.

La pólvora está compuesta por la mezcla de varios químicos que la hacen altamente explosiva, inflamable y tóxica; la combustión de la pólvora se puede iniciar con facilidad por efectos de su contacto con: llamas, calor, fricción y golpes, razones que requieren que su manejo sea muy cuidadoso; al explotar produce considerable cantidad de humo y muchos gases tóxicos. / Suministrda – El Nuevo Liberal

Lo cierto fue que cuando la herida cicatrizó del todo, me convertí en deportista consumado. Me dediqué a trotar, nadar en la piscina pública de Quilichao; y aunque la piel nueva era gruesa e irregular, no resistía el dolor de los balonazos en el abdomen, aun así volví a jugar fútbol, me vinculé al equipo de baloncesto y físicamente superé las secuelas de la quemadura.

De recuerdo eterno, hasta que me cremen, – porque me quedó gustando la candela, pero cuando no la sienta en el horno crematorio- heredé el tatuaje en alto relieve dibujado con fuego en carne viva, que más parece un mapa y que hoy envidiarían algunos de los muchachos a la moda en boga, que me tuvo acomplejado durante gran parte de la adolescencia, llevándome a extremar mi timidez con las mujeres y las niñas bien, e inclinándome a buscar la compañía de las meretrices, que no reparaban en las tachas físicas de sus clientes.

En fin, muchas historias podría contarles sobre las quemaduras con pólvora y sus circunstancias y consecuencias físicas y sicológicas; pero espero que este testimonio, les sirva a algunos tradicionalistas padres de familia, para que inviertan la plata que tenían destinada a la pólvora, en una buena cena u otros gastos que no causen los explosivos problemas originados en el milenario invento de los chinos.