Que las armas queden bajo custodia del Centro Democrático

HÉCTOR RIVEROS SERRATO

@hectorriveross

En las próximas semanas las Farc habrán cumplido con su principal obligación derivada del acuerdo de La Habana: su desarme total. El Estado ha cumplido también en lo esencial, aunque faltan muchos detalles. Sin embargo, subsiste el riesgo permanente de que de esta parte se quiera “hacer trizas” o “modificar aspectos sustanciales” o “hacerle ajustes” o “corregir algunos errores”, es decir incumplirlo mucho o poco. Cualquiera que sea la opción se estarían cambiando unilateralmente las condiciones que se pactaron y que son las que hacen viable el desarme.

En esa lógica absurda lo correcto sería que las armas de las Farc queden bajo custodia de la oposición para que se las puedan devolver cuando logren su propósito de hacer inviable el pacto.

Imagino que el 8 de agosto del 2018, cuando se posesione un Presidente que quiera hacer cambios totales o parciales, como meter a la cárcel a los jefes de las Farc o prohibirles hacer política, pedirá que vuelvan a formar a los ex guerrilleros para que cada uno recoja el arma que entregó porque en esas condiciones no queremos recibirlas, nos parecen muy onerosas y afectan demasiado la dignidad del Estado.

Dirán nuevamente que estamos amenazando con la guerra, pero es que resulta imposible no hacerlo si lo que se convino fue parar la guerra y definitivamente decidimos que los términos pactados no son aceptables. Lo que resultaría absurdo es creer que las Farc nos entregan las armas bajo unas condiciones y después de recibirlas decidimos que no nos gusta el acuerdo, pero preservamos las armas.

La verdad es que el acuerdo desde hace meses es irreversible. Las Farc ya se habían desmovilizado, que en la práctica es la terminación de una guerrilla porque supone la renuncia a los tres elementos característicos de una organización de esa naturaleza: la intención de usar armas, su movilidad y la clandestinidad.

Aunque la inmensa mayoría de los colombianos no confiamos en las Farc, la verdad es que sus miembros, después de hacer tanto daño, decidieron confiar en nosotros por lo que han dado los pasos esenciales sin tener la certeza de que aquí les van a cumplir, todo lo contrario, a pesar de la amenaza de que les van a incumplir. Decretaron un cese al fuego que han cumplido, se desmovilizaron y ahora entregan las armas.

El Congreso hasta ahora ha hecho su parte, sin embargo, hay señales de que una parte de la Unidad Nacional podría querer hacer cambios a los acuerdos en la etapa de su implementación normativa. Cambio Radical quiere modificaciones en las reglas de la justicia especial, de otros partidos se oponen a temas de la reforma política y de las circunscripciones especiales de paz, pero probablemente el gobierno consiga mantener las mayorías en esta última parte de esa fase.

La Corte Constitucional, salvo el cuestionado fallo que cambió el trámite legislativo especial, ha permitido la viabilidad del acuerdo y sus desarrollos. Los magistrados tendrán que ser cuidadosos sobre los efectos de sus decisiones, aunque parezcan menores y esperamos no caigan en tentaciones de “modular fallos” que en la práctica significan cambios sustanciales a lo pactado.

El riesgo cierto, en cambio, son las elecciones del año entrante, porque quiérase que no, ahí los ciudadanos vamos a decidir si le damos estabilidad al acuerdo o no.  Lo más importante será que los electores estemos consientes de las consecuencias del voto: si elegimos a alguien que quiera hacer trizas el acuerdo pues eso pasará y lo que vendrá será incierto, como lo sería también con alguien que de manera menos frentera proponga unas modificaciones, a su juicio, menores, que en la práctica nos abren un sin número de pleitos y de riesgos de violencia.

La decisión será, entonces, si salimos del pantano o nos hundimos en él. Debo decir con franqueza que si seguimos como vamos el riesgo de hundirnos es grande. El Presidente Santos tiene la decisión, pero no las condiciones, ni el tiempo para liderar el proceso. La falta de confianza y apoyo ciudadano al gobierno dificulta mucho que esto termine exitosamente.

Los congresistas están en la lógica de las próximas elecciones y actúan como perciben que la opinión quisiera que lo hicieran y por eso, muchos de los de la Unidad Nacional empiezan a dudar. Otros que han estado con la paz hacen sus apuestas electorales con base en el fracaso gubernamental en los otros temas.

Del lado de quienes creemos que cerrar el capítulo con las Farc es una condición necesaria para poder avanzar en los cambios aplazados durante décadas no hemos hecho bien la tarea de persuadir a los ciudadanos con los beneficios de haber acabado con una guerrilla que parecía indestructible.

Quienes deben liderar el proceso definitivamente no parecen haber entendido el clima de opinión pública en el que se mueven. Permanentemente toman decisiones que no es difícil predecir que reforzarán la molestia ciudadana con el acuerdo y el Presidente Santos, que, con la tragedia de Mocoa, había generado alguna expectativa de sintonizarse con la gente, volvió a perder el canal y a interesarse por los honoris causa en el extranjero.

Mientras tanto, que marquen bien el fusil de Timochenko que se lo vamos a devolver, no vamos a permitir que arrodillen a la Patria como lo están haciendo, queremos ganarles en el campo de batalla y no aceptamos que se acabe la guerrilla como consecuencia de esta claudicación inaceptable.