Te acordás hermano, qué tiempos aquellos

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Quienes nacimos a mediados del siglo pasado, sabemos que la vida se acorta, y que con ella se extinguen ese conjunto de costumbres, acciones y reglas mínimas que generaban sentido de pertenencia, facilitando la convivencia ciudadana, el respeto, y el reconocimiento de los derechos y deberes ciudadanos en la añeja Popayán.

¡Qué tiempos aquellos!, cuando saludábamos con “buenos días, buenas tardes o buenas noches”. Como el viejo tango: “ Te acordás, hermano, qué tiempos aquellos…? Los hombres eran más hombres que los hombres de ahora. Poco se conocía de alucinógenos con que hoy se envenena la juventud. Los muchachos de entonces, envejecieron y con ellos desapareció la cultura ciudadana en Popayán. Son pocos, viven solo del recuerdo de aquellos tiempos. Eran educados a punta de correa, rejo tres puntas, y a veces con lo que hubiera. Se respetaban las señas. Que los padres fruncieran el ceño, era suficiente para cumplir las órdenes. Cuándo querían hablar reservadamente, se les oía decir: “esta es una conversación de mayores”, entonces, los hijos sabían que era el mensaje para retirarse.

Estamos muy lejos de recuperar el mito de la cultura ciudadana y la educación, como derechos sociales para todos. Por ello, su consecución seguirá formando parte de mis luchas que se dirimirán en el campo de batalla de las relaciones de poder. No hay duda, la cultura ciudadana, también es un campo de batalla, donde se ventilan intereses muy contrapuestos.

Por eso, creo que la cultura ciudadana, es absolutamente necesario devolverla a las instituciones educativas, restituyendo su primigenio sentido comunal y vecinal. Poniendo en el centro de la sociedad su uso, sin escatimar los recursos públicos. Frente a los procesos de “mercantilización” –la cultura ciudadana, es de consumo– y como cómplice, debe aparecer el aparato de gobierno, hasta recuperar su sentido social y participativo.

Hay que optar por el rescate de valores sociales, y ecológicos, para la “fabricación” de valores colectivos, que de forma genérica denominamos “cultura ciudadana”. Hay que vincular sobre todo, a la potencia educativa y transformadora. Una cultura que invite a instituir nuevas formas, y expresiones para cambiar al tejido social de la ciudad donde vivimos.

La ciudadanía enfrenta día a día diferentes problemas derivados de la aprobación social del “vivo” y de los atajos tramposos; de la aceptación de comportamientos inapropiados e ilegales que generan escenarios propicios para la corrupción y de una convivencia donde campea la desconfianza, primando los intereses particulares sobre el bienestar colectivo. El resultado, es una sociedad adormecida e indolente frente a los problemas de la ciudad.

Este ensayo, propone una mecánica que invite al ciudadano a cambiar los acontecimientos negativos, en posibles escenas positivas. Volver la hoja, es una reacción, es una historia con carácter reparador, que nos invita a ser mejor de lo que hasta ahora hemos sido y que nos muestre cómo sería la convivencia si nos atreviéramos a dejar de lado la apatía y la dejadez, dando un giro de 180°.

Apostilla: Felicitemos a los nuevos mandatarios elegidos en franca lid. Y empecemos a cambiar, ¡apoyándolos!