Cuando los pájaros no cantaban: La sombra de los samanes

Como una apuesta por aportar a la construcción de paz y memoria en Colombia, El Nuevo Liberal compartirá en su edición sabatina algunos relatos incluidos en el volumen testimonial del Informe Final de la Comisión de la Verdad. Hoy compartimos “La sombra de los samanes”.

Especial Hay Futuro Si Hay Verdad

Redacción El Nuevo Liberal

Uno de los primeros capítulos publicados por la Comisión de la Verdad fue ‘Cuando los pájaros no cantaban: historias del conflicto armado en Colombia’, un volumen de 515 páginas, que recoge las voces de cientos de personas que decidieron compartir sus experiencias con la Comisión.

De acuerdo con la Comisión, este volumen intenta “componer una polifonía sobre la guerra desde las experiencias más íntimas de las personas que la vivieron”, razón por la cual se parte de una narrativa que vincula “un pasado que en términos tangibles no ha quedado atrás –pues la violencia continúa en Colombia–, un presente incierto y un ‘porvenir’ imaginado desde esa incertidumbre y desde algunos esfuerzos que construyen ‘una paz en pequeña escala’: aquellos esfuerzos que en cierta medida pueden pasar inadvertidos”.

Los relatos han sido editados con el interés de mantener la integridad de los testimonios, y lo que puede parecer un error de escritura “es una decisión editorial en la apuesta por respetar la oralidad, en su diversidad y riqueza lingüística, de las personas que dieron su testimonio”, explica el documento, que puede ser consultado en la página web de la Comisión de la verdad (www.comisiondelaverdad.co/hay-futuro-si-hay-verdad).

La razón de ser de estos relatos es ser leídos por otros. Por eso, como una apuesta por aportar a la construcción de paz y memoria en Colombia, seleccionamos algunos relatos vinculados al territorio caucano y sus habitantes. Los compartimos tal cual se encuentran en el Informe.  En la historia de hoy, una mujer narra su historia como defensora de derechos humanos y con su trabajo relacionado con el teatro, y devela las razones que la llevaron a exiliarse en Canadá, desde donde lidera una iniciativa para la promoción de paz en Colombia.

Samán en el parque de Santander de Quilichao. Fotografía de Jhonnatan Ramos . Fuente: Wikimedia.

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La sombra de los samanes

 Mi amor por la paz me dio vida.

Soy y seré pacifista.

Herencia materna

Me tuve que ir a vivir a otro país. Me tocó irme como si me hubiera robado algo. Sin decirle a nadie. Cuando los que me robaron a mí y a mi familia fueron ellos que me quitaron el derecho a vivir en mi tierra. Me pregunto cómo va a ser el encuentro con los que nos han hecho daño. Nunca he podido odiar al que me hizo daño. En mi corazón no cabe el odio. Eso hace que sobreviva. Si estuviera llena de odio, no hubiera pasado el Covid, no hubiera sobrevivido a tantas cosas.

Mi historia viene desde mi madre, que fue maestra de una vereda que se llamaba El Tajo, en Santander de Quilichao. Mi mamá y su familia eran liberales. El único godo creo que era mi padre, él era conservador, pero no convivieron mucho. Se separaron cuando yo estaba muy pequeña. De ahí viene que mi mamá nos contaba muchas historias de la violencia. Además, uno la alcanzaba a ver. El Cauca siempre ha sido una zona de mucha violencia. No solo ahora, toda la vida ha existido esa violencia.

Cuando era niña, a la casa llegaban indígenas para poder huir de la violencia. Mi mamá los dejaba dormir en los corredores, les ponía esteras. También nos decía que visitáramos a los presos políticos. «Vayan y visiten a la gente que tienen allá, que son inocentes y están presos». Mi mamá nos estaba construyendo como seres activos ante una sociedad tan vulnerada. Esa solidaridad que tenía mi mamá hacia la comunidad la heredamos con mis hermanas. Es como entregar sin esperar nada a cambio. Ella era comadre de todos, todavía existen aliados de mi mamá, ya están cuchos, pero hablan de mi mamá. Creo que de ahí viene ese perrenque que tenemos nosotras. Cuando cumplí 65 años volví a traer a mi madre al presente, recordando cositas que ella hizo y uno va olvidando.

Cuando tenía catorce años me metí al Movimiento Revolucionario Liberal. Con eso ya viene la parte política de la vida de uno. Todo eso en la etapa en que seguían matando mucha gente en el Cauca. Bajaban los muertos en volquetas del municipio. Traían los muertos, que eran liberales, de las zonas de arriba hacia el parque y los tiraban como si fueran piedras. O sea, como la volqueta cuando suelta la arena, bajaban los muertos. Era un ejercicio macabro pa que uno viera: «Espere y verá lo que le pasa si usted…». La misma historia que cuando la limpieza social mata a mucha gente si fuma marihuana o porque se robó algo. Allá hacían limpieza social en bruto, era en cantidad. Uno vivía con zozobra todo el tiempo.

Cacería de brujas

 Llegan los años setenta y me volví de la Anapo, me pasé del MRL a la Anapo. Me fui a trabajar al Valle y conocí a mi esposo. Me casé muy joven. A los 20 años ya era mamá. Mi esposo era militante del Partido Comunista. En el año 73, llegué a Bogotá. Tuve a mi hijo en Buga y antes de que cumpliera el año me vine a Bogotá. Mi marido era contador y lo llamaron a trabajar en el semanario del Partido Comunista, en una imprenta. Ahí trabajó muchos años. Cuando llegó la represión de Turbay Ayala, con el Estatuto de Seguridad, la familia de mi esposo fue brutalmente agredida. Un montaje de cacerías de brujas que hacían en la época.

Fotograma de “No podemos permitir que la violencia nos siga desplazando de nuestros territorios”. Comisión de la Verdad.

La represión seguía. En el 86 llegué a la Corporación Colombiana de Teatro. Yo siempre quise ser actriz. Mi sueño era ser actriz. Llego a la Corporación en medio de la matazón de la UP. Todos los días hacíamos marchas, protestas, cerrábamos las calles. Pasé a administrar el teatro La Candelaria y vuelve otra vez esa etapa de la niñez en la que vi que mataban, que bajaban esas volquetadas de muertos, pero esta vez eran los amigos de uno. No había un día en que no hubiera un muerto, era una persecución constante a los artistas.

Llegaban las amenazas, las primeras que recibimos fueron a Patricia. Se denunciaba en los periódicos, pero no pasaba a procesos jurídicos. A la Corporación llamaban permanentemente a decirnos «vamos a volar La Candelaria, vamos a volar a la Corporación». Hicimos una comisión de protección a Patricia Ariza. Eran actores, actores de teatro, músicos. Éramos unos jóvenes todavía. ¿Qué hacía el comité? Pues pararse en la puerta un ratico y mirar que nadie llegara, pero entraba gente todo el día. En medio de todo había risas. Así que éramos como escuderos de Patricia y era bonito. Eso sirvió para que ella tuviera una protección teatral, de muchos afectos.

En la Corporación vivimos las muertes de tanta gente que llorábamos, gritábamos, nos tirábamos a la calle a salir a protestar, como siempre se ha hecho. Corra a las manifestaciones, corra a proteger. Por ahí me han de quedar unas dos o tres fotos de eso, pero no las tengo aquí, están embolatadas en el cajón. Eso pasa cuando uno empaca la casa en dos maletas para irse de su país. Las desprendí de los álbumes y no las volví a ubicar en ningún sitio.

Era 6 de Reyes y yo estaba en Bogotá cuando sale esa vaina así: «Allanada la sede de la cultura en el país, la Corporación Colombiana de Teatro». Yo me vine, no me importaba nada. Esperé a que amaneciera y me vine con mi amiga Martica porque el resto estaban en vacaciones. Había mucho Ejército todavía, estaba sellado el sitio, pero «metámonos, metámonos porque tenemos que ir a ver que pasó». Marta iba muy asustada y metió un pie en una alcantarilla, pero yo le dije «seguimos, después de que terminemos esto nos vamos pal médico» porque tenía el pie hinchado. Llegamos a la Candelaria y la Corporación estaba vuelta nada. Habían desorganizado los archivos, al celador le habían dado una paliza. Estaba con la cara rota. Sacaron los archivos, todo lo volvieron mierda porque supuestamente había armas. La oficina de una compañera la volvieron mierda y hasta se hicieron popó allá arriba. Cuando nosotros entramos y vemos ese olor tan putrefacto, yo empiezo a llorar. Me daba dolor ver que todo el trabajo estaba vuelto mierda. El caso era que buscaban armas, excusas. Solo encontraron la utilería de la obra de Guadalupe Salcedo, no había nada más.

La invisible

 De ahí vienen los allanamientos del 93. De eso no quiero hablar porque fue muy duro. Se llevaron a mi esposo, a mi hijo, nos volvieron mierda la casa buscando armas. Entre el 93 y el 2002 fue una secuencia de persecuciones, que si bien a uno no lo agredieron, había seguimiento, que es peor y que se daba cuenta uno. Mis hijas fueron las que se llevaron esos sustos, porque era el susto pero frenaban, no se hacía la acción. Un día mi hijo viene llegando a la casa y le dieron por detrás como con una botella, con algo, y llegó vuelto mierda. Eran acciones seguidas de persecución. Un día tomé un carro y, llegando por la parte donde queda el Hipódromo de Techo, hacia las Américas, el tipo frena duro y me dice «necesito hablar con usted». Me asusté mucho. El tipo se baja del carro y yo también. Salgo corriendo hacia una cigarrería que había en toda la esquina de esa avenida. El tipo arranca el carro. Tenía una bayetilla roja tapando la placa. Ese fue un susto fuerte. Ahí ya trabajaba en Derechos Humanos y no dije nada. Siempre he sido así, me como todo y por eso me enfermo. Nunca me ha gustado hacerme publicidad ni nada.

Un día cualquiera, también en esa misma época, salí a la panadería. Cuando viene un carro blindado y se asoma un arma. O sea, bajan el vidrio y me asoman un arma. Yo quedé tiesa. El carro me hizo así y se fue. Llamaban a la casa y colgaban o se oía el famoso ruidito de radio, de música. Eso fueron años enteros, años. Después de la muerte de Jaramillo, yo como que me malgenié y dije «me tiene mamada tanta matadera».

A mi esposo, cuando iba llegando a la finca de mis suegros, también le dieron una mano y lo tiraron. El ya murió, el murió de todas esas cosas. Ya no dábamos más, no aguantábamos, y yo quería que mis hijos estuvieran bien. Entonces me fui. Uno se va con el corazón en la mano, sin decirle a nadie, ni por qué ni para qué. No podíamos soportar más. Ni mis hijos daban ni yo daba. Fue muy difícil. Después aparezco en las chuzadas del DAS. Mi esposo se fue sin saber que estaba en las chuzadas, no alcancé a contarle. Creía que era invisible, pero ellos me estaban persiguiendo. Nunca puse demanda porque no creo en la justicia, pero jueputa, ¿por qué me pusieron en esa lista? Mi trabajo en derechos humanos, de defender vidas, fue para ellos la justificación para perseguirme. Yo le jalo a defender vidas, no a acabarlas.

Cuando uno llega a otro país, es muy difícil. Hace la casa en dos maletas, no cabe más. No se puede echar la cama, pero echa la foto en la que está la cama o la sala o el comedor. Cuando usted llega empieza una nueva vida. A mis amigos les escribía, pero no les decía por qué me iba, ni pa donde. «Voy a empezar de cero». Yo me sentía como inservible, como un objeto puesto en otro lado.

Me hice amiga de una entidad que era una casa latinoamericana manejada por uruguayos y chilenos que habían llegado en la época de la dictadura. Me acogieron muy bien. Pero ahí ya estaba mi hija con cáncer de cerebro. Cuando me jodieron la vida ella se enfrentó a los fiscales. Ella fue la que recibió a los fiscales y los puteó: «¿Nos van a matar?, ¿qué nos van a hacer?». Y eso se le quedó. Son consecuencias de un trauma que tuvo a los diez años, por eso le dio. Se somatizó. Le da cáncer infantil en adulto, a los 24 años. Le aplican un tratamiento y como no era niña le tenían que aplicar las quimios y las radios tres veces más de lo normal que le aplican a un niño que le da ese cáncer. Si mi hija y yo no hubiéramos estado allá, yo pienso que se me hubiera ido. Afortunadamente, gracias a Dios y a la ciencia, que le puso todo el interés. En ese momento ella era la persona número 33 que sufría de eso. Ella es sobreviviente de dos tragedias. Somos sobrevivientes de tragedias.

Un homenaje a la vida

Ahí es donde nace Colombianita. Soy tejedora, aprendí viendo a mi madre. Soñé que estaba tejiendo un vestido blanco, amarillo, azul y rojo, con la bandera. Yo soy medio brujita o brujita y media. Me levanté de mi sueño y me puse a tejer a esa misma hora. Lo tejí completico. Le dije a mi hija «mira que me soñé haciendo este vestido, pero le voy a dar función». Me preguntaba «¿por qué ese sueño?».

Había comprado la carita de Colombianita en Fusagasugá, hace muchos años, y la tenía guardada. Una señora me había regalado el collarcito que ella tiene, que es la bandera de Colombia. También lo tenía guardado. El sombrerito lo había comprado en una tienda porque me gustó, porque me pareció muy campesino de Colombia, aunque era una tienda vietnamita. Entonces cogí, saqué la cabeza, saqué la pulsera que me había regalado doña Mery, y le instalé la pulsera como collar, y las dos bolitas que ella tiene como aretes hacen parte de la pulsera. Le puse el gorro y le dije a mi hija «se va a llamar Colombianita Paz». «¿Por qué, mami?». «Y usted va a hacer la voz de ella». «¿Cómo, mamá? ¿Cómo así?». «Sí, vamos a hacer un video con ella y lo lanzamos». Ella habla, si tú miras ella tiene voz y la hace mi hija. Es un homenaje a mis dos hijas y a mi hijo. Me dijo mi hija menor: «Te van a decir que es calva». «Es que es un homenaje a ti. Ella es un homenaje a ti y a todas las mujeres que han matado en el país, a todas las que han atropellado». Esa es Colombianita Paz. Ella quiere la paz. Yo nunca la puse pa ganar plata. A Colombianita nunca la ponemos pa recoger plata.

Después de eso, me compré una máquina de coser y empecé a hacer muñecas de trapo negras. Me gustan las negras. Yo soy del Cauca, mi origen es negro e indígena. En mi pueblo, que se llama Santander de Quilichao, de la Panamericana para abajo quedan los afro, en el centro de la ciudad quedamos los mestizos y en el parque para arriba quedan las comunidades indígenas. Mi abuela era negra, yo tengo mi raza negra. Y no tengo cejas, también soy india, una mezcla, un mestizaje todo raro. Mis muñecas, esas otras que no son Colombianita, se llaman Las Amorosas y son un acto por la vida. Son arte para la vida y la paz. Ese es el eslogan de Las Amorosas y de Colombianita. De la idea de luchar por la paz nacieron ellas.

Me dicen «usted siempre vive en función de algo». Dije «porque es una manera de no morir, porque irse, estar por fuera de su país es morir. Una manera distinta de morir». Soy sobreviviente de todas esas tragedias, soy sobreviviente del Covid, duré dieciséis días en UCI, entubada, y salí a pesar de ser diabética, gordita y con asma que eran comorbilidades difíciles para que una persona como yo saliera y aquí me tienen, ¿por qué será? Un propósito de vida, seguir creciendo. Los médicos conocen a Colombianita, todo el mundo conoce a Colombianita, se las mostré, yo la hice llevar al hospital y la mostré. «Por eso es que usted está viva, porque vive pendiente de esa muñeca». «Sí, yo vivo para ella, y ella vive para mí».

He venido a Colombia siempre. He venido y lo hago porque es una manera de oxigenarme. Tengo una ventaja y es que siempre puedo volver a mi país. Es algo que mucha gente me dice «porque usted sembró, usted nunca dio la vida por usted, usted está lejos por ayudar a los demás». Ir al territorio y salvar vidas es hermoso y no me arrepiento. Aunque eso no debió significar exponer la vida de mis hijos y tener que irme. El exilio es difícil. Si estoy acá extraño a los que se quedaron allá y cuando estoy allá extraño a estas locas que me esperan y me acogen acá. El corazón está en ambos lugares, ya uno no es de un solo territorio.