Universidad y sociedad: ¿brecha insalvable?

Por Elizabeth Gómez Etayo

Integrante del Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER

Universidad Autónoma de Occidente

 

A quienes nos interesan los estudios de género como un campo de las ciencias sociales que analiza las diferencias entre los sexos y/o géneros masculino y femenino, asistimos, con desespero, angustia o desolación a los debates más recientes que se han dado al respecto en Colombia. En tales lidias, un sector bastante conservador de la sociedad confundió, no se sabe si adrede o por desconocimiento, la llamada ideología con el enfoque de género propuesto en el Acuerdo Final. Y de la manera más superficial, se empezó a reproducir la idea de que existe algo llamado “ideología de género” para referirse a que las nuevas generaciones están en riesgo de ser homosexualizadas en caso de recibir cierta educación. No es fácil comprender que esta amañada conclusión  pudiera influir en la opinión del electorado, que participó de la jornada plebiscitaria del 2 de octubre de 2016. Fue tal la confusión, que se promovió la idea de que votar a favor del Acuerdo Final logrado en La Habana, estaba validando la tal ideología de género. ¡Qué confusión!

Ya varios expertos han explicado la diferencia entre una ideología y un enfoque. Por tanto, no me referiré aquí a ese aspecto. Lo que más me ha llamado la atención de esta situación, como también de los resultados de las elecciones en los Estados Unidos y el amplio sector de abstencionistas en el Plebiscito por la Paz en Colombia, es el enorme abismo que existe entre el sector académico y la sociedad en general. Pues es en los claustros académicos donde se habla con solvencia de estos y otros temas, y se asume que el resto de la humanidad está en pleno conocimiento de esos debates, o que debería estarlo. Se cree que esos temas son cotidianos. De forma que, ideologías, enfoques, perspectivas, estudios de género o estudios de etnia, entre una gran batería de conceptos, son comunes entre la gente y cuando se confunden públicamente, nos parece inaceptable.

Esta situación me lleva a pensar que las Universidades y la sociedad recorren, de tiempo atrás, dos vías paralelas que aparentan juntarse en el horizonte, pero realmente continúan por una línea recta que jamás se cruza. Y por eso la gente hace lo que puede con unos conceptos y los arregla como mejor les parece. Si esa tal ideología de género -como le llaman- dice que la mujer no nace sino que se hace, entonces esta frase fuera de contexto da a entender que a alguien se le puede homosexualizar (como si eso fuera posible) y ningún padre, ni madre de familia quiere que su hijo o hija haga parte de uno de los sectores de la población más estigmatizados y mucho menos que lo preparen para eso. La frase que se suelta como un toro en San Fermín genera que los desconocedores de la historia del feminismo entren en pánico por el futuro de las nuevas generaciones. A ellos ya les han llovido críticas por homofóbicos y la mayoría, los más ingenuos, siguen sin entender de qué se les acusa.

Fue la filósofa existencialista Simone de Beauvoir en su libro “El segundo sexo”, escrito en los años 50 en Francia, quien propuso que la “mujer no nace sino que se hace”, haciendo referencia a que nacer con un sexo biológico, hembra en este caso, no determinaba el ser mujer. Dado que la mujer, como construcción social, simbólica y cultural, se iba haciendo según la familia donde naciera, según los estilos de vida, según los consumos culturales. Y este tipo de reflexiones eran perfectamente entendidas por las obreras de una fábrica a la salida de su jornada de trabajo. Más adelante, los estudios sucedáneos del feminismo, como los de género, que analizan las relaciones de poder entre los hombres y las mujeres, van a considerar que, de igual forma, el hombre, sujeto masculino, nace varón, pero se  hace hombre, según los contextos sociales donde crezca. Así, el enfoque de género pretender mirar a la sociedad, comprendiendo que el 51% de la población corresponde a mujeres y que sus necesidades, procesos, desarrollos y desafíos, son distintos al resto del 49% restante que corresponde a los hombres.

Y digo que esta reflexión o, mejor, falta de ella, da cuenta de la ausencia de diálogo entre la Universidad y la sociedad, de la misma forma que nos falta comprender por qué casi el 60% de la población no votó en un ejercicio de participación ciudadana que al resto de la población le parecía fundamental. Y porque, dentro de los que votaron existen cerca de doscientos mil votos nulos. Unos usaron el tarjetón para bromear. ¡Pésima broma! Otros lo dañaron por gusto, pero la gran mayoría no sabía cómo marcar correctamente. ¿Cómo es posible que eso pase en una respuesta tan sencilla de dar? Sencilla para que los que han pasado de forma, relativamente exitosa por algún salón de clase, pero no para los abstencionistas o para los que se equivocaron al marcar el tarjetón. ¿Qué nos dice esa realidad social a los que estamos en el mundo de la academia? Lo primero que se avizora es una gran ausencia de diálogo, de vasos comunicantes, de puentes que conecten un conocimiento académico y científico de las prácticas sociales, populares, comunitarias, cotidianas que son las que deben alimentar la reflexión académica.

De la misma forma se puede comprender que en Estados Unidos, justamente los sectores más vilipendiados por Trump, como las mujeres, los inmigrantes, los latinos, los asiáticos, los obreros, los pobres, sean quienes hayan votado por él. Una mujer musulmana inmigrante arriesga a decir que con el polémico personaje saben a qué atenerse, y que además prometió recuperar el sector industrial para Estados Unidos, lo que promovería más empleo para el estadounidense de clase obrera.  Esta, obviamente, es una promesa imposible de cumplir, pero el pueblo que cree en ella no tiene cómo saberlo. No dimensiona lo que significa el cambio en el orden mundial, donde China e India se han convertido en las grandes fábricas del mundo y Estados Unidos en el gran banco, como ya muchos lo han dicho. Volver a la industria de los años setentas y producir todo en casa como antes, es una falacia que el pueblo incauto cree, porque no estudia al respecto, sino que vive el día y a día, sin tiempo para leer, reflexionar, dimensionar, profundizar. Y ahí de nuevo, la ausencia de academia para ayudar a comprender y cuando pretende hacerlo la pedagogía le falla. No sabe cómo llegar, la gente no le entiende. No “le copia” como dicen los muchachos. ¿Qué hacer? Hay que apelar por una academia menos academicista y alejada,  y si, una  más conectada con las realidades sociales que se propone analizar, para que las reflexiones sobre los problemas sociales más densos sean pan de cada día y no un privilegio de un pequeño sector que puede dedicarse a pensar.