Los errores mayores

Ana-María-RuízANA MARÍA RUIZ PEREA

@anaruizpe

La votación del desafortunado referendo británico es una calamidad auto infligida. En la puesta a decidir en urnas entre la grandeza de Bretaña y la unidad del Reino, ya sabemos quiénes ganaron. Con ese tufillo de superioridad de los xenófobos y la arrogancia de saberse súbditos de imperio, se dieron el lujo de mirar por encima del hombro a la Unión Europea, alianza de pobretones desordenados de medio pelo, de la que no sacan una Libra que valga para poner en riesgo de migraciones indeseadas a la isla soberana. ¡Faltaba más!

El peor efecto de este referendo que saca al Reino Unido de la Unión Europea no es la fractura de la isla con el viejo continente; es la seria amenaza de eclosión en tantos pedazos como naciones contiene el reino; Irlanda del Norte protesta, Escocia grita coherencia. Y la gente joven en todos los países hoy llora, sobre la leche derramada, su abstencionismo.

Un muchacho de Manchester lo escribió en 140 caracteres, clarito: “El futuro de este país ha sido decidido por quienes no estarán aquí para vivir con las consecuencias. Qué desastre”. La tendencia de las encuestas se confirmó en las urnas: las personas de mayor edad estaban más dispuestas a votar y mayoritariamente votarían por leave; los votantes jóvenes estaban menos dispuestos a acudir a las urnas pero mayoritariamente votarían por remain. Ganaron los mayores, los temores, las prevenciones, los rencores. Les quitaron a las nuevas generaciones la posibilidad de vivir o trabajar en 27 países, la posibilidad de ser ciudadanos de un mundo ampliado.

El mismo día de ese referendo, el jueves 23 de junio, en Colombia estábamos cerrando una guerra de 52 años entre la guerrilla más antigua del mundo y un Estado que se la jugó por aniquilarla, o al menos eso decía que hacía. Medio siglo de guerra latente, permanente, degradada.

El acuerdo de cese definitivo al fuego entre las Farc y el Estado colombiano significa que la guerrilla no emboscará más a los uniformados ni atacará a los civiles, en ninguna modalidad y bajo ninguna excusa, en adelante y para siempre; y que el Estado entiende que sus enemigos históricos dejan de serlo, no más trincheras porque no habrá más ataques, no más bombardeos porque la última movilización de las tropas farianas será rumbo a las 23 veredas (0,02% del territorio nacional) donde estarán concentradas mientras la ONU hace verificación de la seguridad del traslado, y del censo de combatientes y de armas.

Que se haya acordado callar esos fusiles es un triunfo de la negociación, agradecimiento eterno a Humberto De la Calle y al equipo negociador por traernos hasta aquí. Pero callar para siempre esas balas comienza con la ratificación de los acuerdos que hagamos todos los votantes en las urnas.

A los colombianos nos tocó vivir una guerra heredada, sostenida en el tiempo de Guillermo León a Paloma, de Tirofijo a Tanja. No hay nadie que no la haya vivido en carne propia, familiar, vecina, amiga, cercana; no hay nadie que no haya visto las escenas descarnadas en las noticias, con el desayuno de cada día. Parecía una condena de la colombianidad padecer la sinrazón delirante de una guerra eterna.

Entiendo que se desconfíe de la guerrilla; pero cómo no, si generaciones enteras crecimos asqueadas con el ultraje del secuestro, las pipetas bomba, el reclutamiento de menores, un rosario de solo cuentas dolorosas que se repitieron cada vez en peores infamias. Pero desconfianza no es lo mismo que odio. La desconfianza nos obliga a vigilar que los acuerdos se cumpla; el odio niega el proceso, y con eso solo le ofrece al país unos años más, vaya uno a saber cuántos, de dinámica de guerra.

Apenas empieza el remezón del referendo británico en la economía y la política interna, continental y global, y nadie sabe hasta dónde van a llegar sus estertores. A la luz de lo que se nos viene en Colombia con la refrendación de los acuerdos, no está de mas mirar ese proceso, y no hacernos los oídos sordos ante el mensaje que asoma en la juventud británica frustrada: los mayores nos legaron esto, porque no serán los que tengan que vivir su vida bajo ese estado de cosas.

No tenemos ningún derecho a legar la carga de odio que mantiene la guerra, no podemos ser tan mezquinos con la esperanza de un mejor futuro. ¿Con qué cara le diríamos a los hijos que su país votó en contra de una oportunidad tan seria para la paz?