Fotos

SILVIO E. AVENDAÑO C.

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Tengo una frustración, dado que no he podido llevar al álbum el recuerdo de tres personajes.

Las cámaras fotográficas destellaron para David Murcia. Esposado bajó del avión que lo condujo desde la prisión de Pensilvania –en tierras del Tío Trump- al aeropuerto El Dorado y, de ahí a la Picota. Nuestro Señor Jesucristo violó las leyes de la naturaleza, al hacer posible que de un canasto surgieran innumerables panes y peces para dar comida a los hambrientos. Pero tal hecho no se consideró delito, si no se dijo ¡Milagro! ¡Milagro! No sucedió lo mismo con David Murcia a quien sus seguidores, que le entregaban unos cuantos pesos y, que por arte milagroso devolvía con increíbles intereses, un día no pudo cumplir. Entonces, a Murcia se le acusó por la captación ilegal de dinero (que entregaba a los pobres).



La segunda foto, para mí álbum. es la de Santrich. Instantes de libertad, fuera de la Picota. Destellos que se opacaron por un helicóptero que lo llevó a la oscuridad. No tuvo el cuasi ciego un momento de quietud. De la cárcel lo llevan al hospital del Tunal. Pero el fallo de la JEP le abre las puertas del episcopado. De ahí a las rejas y por fin la libertad. Cuando Santrich llegó a la Cámara, los puros se sintieron afrentados, pues ellos son limpios de exportar polvo de la única tecnología de punta con que cuenta este país. Y cómo no se presentaron las pruebas o no las fabricaron o no llegaron pronto, no volvió a la guandoca. Y de aquí para allá, de allá para acá. Y ad portas del juicio se perdió el condenado.

Mas, ¡ah desdicha! En el álbum queda un espacio en blanco. Por más que busqué la foto de Andrés Felipe Arias, a la llegada al aeropuerto. Todo fue en vano. Y es que es un hombre de carrera fulgurante en el campo de Agro Ingreso Seguro. Con una pequeña diferencia de Murcia que repartía el dinero a los ambiciosos y de Santrich que se dice que exportó el polvo mágico a destiempo, el delito de Andrés Felipe fue dar el dinero público a la cuenta de los más ricos. Entonces, ante la penalidad pidió asilo en Florida, pero allí se le echó el guante. Más ha vuelto y se lo ha llevado, no a la Picota, sino a la Escuela de Caballería, no a las caballerizas donde estuvieron los del M-19. Y se tiene la esperanza de rehabilitarlo, restaurarle el prestigio perdido y la persecución injustificada. Se le beatificará, pues eso de repartir el dinero público entre los pudientes no es un delito, a nadie perjudica. Por el contrario, es un beneficio que engrandece la economía de los pocos con el dinero de los muchos, porque al que tiene más se le dará y a quien tiene menos se le quitará.