Los males del cuerpo

Columna de opinión

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Por Gustavo Adolfo Constaín Ruales – moldergc@gmail.com

Hay enfermedades o pruebas que nos llegan, puede ser cuando somos niños, jóvenes o adultos; son marcas que dejan un lastre para toda la vida. En mi caso: La muerte de mi madre a mis 10 años; en ese momento, siendo aún un niño, no lo sentí, pero esa pérdida me ha afligido toda la vida; he pensado qué hubiera pasado si mi Mariela siguiera con vida, no sólo para mí, sino para mis hermanas, para mi padre, sus cercanos, y para sus propios padres y hermanos.

También hay personas cercanas a nosotros, o seres que respetamos por el liderazgo que lleva a los hombres en general a buen puerto, que sufren enfermedades terribles, accidentes catastróficos o cárcel por injusticia, y nos decimos que son cosas de Dios, o que Dios pone pruebas que podemos superar: Pero tal vez Dios no tuvo nada que ver; tratamos, por nuestra fe, de conseguir respuestas, y en realidad no está mal hacerlo.

Nos preguntamos por qué nos pasan estas cosas si somos seres honestos, dispuestos, que hemos cometido errores como todos, pero que somos humanos, que tenemos más aciertos que errores, entonces nos preguntamos por qué ocurren las enfermedades y la muerte de los justos. También nos cuestionamos por qué a seres malvados en su esencia o en sus ideales, no les pasa necesariamente igual.

Cuando una persona tiene una experiencia tan dura, puede tomar dos caminos: Vive la vida más a plenitud, o se deja caer, se deja hundir, se rinde, porque la pregunta no es acerca del dolor, o de la angustia, la pregunta es ¿Por qué a mí?

Los hijos, y todos aquellos que amamos, nos impulsan a seguir; no podemos caer o desfallecer: En pleno COVID, a gente muy enferma la impulsaba, más que el anhelo de su propia existencia, la existencia de los que amaban -el no volverlos a ver-, y la pregunta acerca de qué pasaría con ellos, si dependían del enfermo.

Todo esto nos lleva a la reflexión: La vida es tan frágil, tan delgada la línea entre estar bien y estar mal; si eso no es de por sí ya tan difícil de aceptar, cómo aceptamos también lideres tan incompetentes, tan resentidos, que en vez de subsanar lo básico -comida, salud y educación-, ponen a pensar a la gente en temas que nos separan en vez de unirnos.

Los sabios dicen que, en el dolor y en la angustia, somos más cercanos a los mártires, a los santos y a Dios, porque allí sí nos acordamos de Él y nos damos cuenta de que la vida es vana sin estar Dios de primero en nuestras vidas. No somos animales entre los cuales la ley de Darwin debe aplicar, fuimos escogidos para algo más trascendente que sólo existir. En este camino, en este andar, en esta aventura, quiero seguir el anhelo que La Providencia me escogió por mis dones: ¡pero sobretodo, gracias porque he creído sin ver!