Un país de lágrimas

Editorial

Por: Marco Antonio Valencia Calle

Se realizó esta semana en Bogotá el IV Encuentro Nacional de Planeación Participativa, con el objetivo de hacer aportes a las bases del Plan Nacional de Desarrollo 2022-2026.

Las bases, o determinantes del Plan son cinco: 1: Agua; 2: Pobreza multidimensional; 3: Derechos Humanos. 4: Acción climática y; 5: Convergencia Regional.

Al evento fueron invitados los consejeros departamentales y municipales de todo el territorio nacional para evaluar “las bases del plan”, no el Plan, que todavía le falta algunos hervores para convertirse en realidad, entre ellos, el resultado de los diálogos regionales vinculantes donde la gente de las comunidades sale de las veredas más lejanas a exponer sus necesidades, y a dejar por escrito y en la palabra, su esperanza, sin saber si ello tendrá eco o servirá de algo.

Las preguntas a los consejeros fueron: 1: ¿Qué oportunidades genera o trae este componente propuesto por el PND? 2: ¿Qué le falta a este componente propuesto por el DNP?

Pero al igual que ocurre en los diálogos regionales vinculantes cada uno de los líderes asistentes traía bajo su brazo una carpeta de planes y proyectos para hacer en su región; y por supuesto, cada uno de ellos, unos más que otros, con ideas orales para soluciones a esos problemas regionales y nacionales.

En otras palabras, los consejeros estaban más interesados en exponer sus problemas sectoriales y regionales que responder a la cita, el tema de la convocatoria y la misión que tienen los consejeros departamentales de planeación. 

Somos un país de oradores. De palabreros en busca de oídos y de público a quién contarle nuestros males, esperanzas y sueños. Somos un país de líderes egocéntricos que les gusta hacerse notar desde la palabra oral y tener público para echarles el carretazo. Y claro, hablar de lo malo, de lo que falta, de lo mal hecho es fácil, pero a la hora de las propuestas concretas, serias y reales pocón. A la hora de la acción y del proyecto escrito poco o nada.

Tenemos mucha gente en este país en busca -a toda costa-, de que el gobierno nacional resuelva cada uno de los problemas que padecemos en lo individual y colectivo. 

Y eso ocurre porque el Estado tiene deudas históricas con el país, y porque esas ideas de centralismo como filosofía política no ha funcionado en un territorio tan extenso, complejo, difícil como el colombiano. El centralismo nos está matando.

Se les pidió a los consejeros evaluar las bases del Plan, pero todos querían era aportar sus problemas y necesidades particulares. Y seguramente eso ocurre en otros escenarios regiones y municipios.

El otro problema es que estamos esperando demasiado del estado, de los líderes y funcionarios del Estado, y de los recursos del Estado central.

En esa dimensión, la estrategia de presidente Petro de crear escenarios para que la gente hable de sus problemas y necesidades es bueno, porque le permite al Estado recoger con juicio muchas necesidades concretas y tener una radiografía más viva del país.

Pero como lo hemos advertido, es una estrategia peligrosa en la medida que cada reunión, cada convocatoria son semillas de esperanza que la gente siembra en su gobierno, en su presidente, en sus líderes.

Y si a la gente no se le responde a corto y largo plazo las consecuencias sociales y políticas podría generar desencanto social, y de allí a la rabia social hay un paso.