Cuando los pájaros no cantaban: No tire la toalla

Como una apuesta por aportar a la construcción de paz y memoria en Colombia, El Nuevo Liberal compartirá en su edición sabatina algunos relatos incluidos en el volumen testimonial del Informe Final de la Comisión de la Verdad. Hoy compartimos: “No tire la toalla”.

Especial Hay Futuro Si Hay Verdad

Redacción El Nuevo Liberal

Uno de los primeros capítulos publicados por la Comisión de la Verdad fue ‘Cuando los pájaros no cantaban: historias del conflicto armado en Colombia’, un volumen de 515 páginas, que recoge las voces de cientos de personas que decidieron compartir sus experiencias con la Comisión.

Los relatos han sido editados con el interés de mantener la integridad de los testimonios, y lo que puede parecer un error de escritura “es una decisión editorial en la apuesta por respetar la oralidad, en su diversidad y riqueza lingüística, de las personas que dieron su testimonio”, explica el documento, que puede ser consultado en la página web de la Comisión de la verdad (www.comisiondelaverdad.co/hay-futuro-si-hay-verdad).

Al protagonista de la historia de hoy un atentado de la guerrilla en Miranda, lo deja en situación de discapacidad y lo aleja de su carrera como futbolista profesional. Imagen: Dan Gold/ Unsplash.

La razón de ser de estos relatos es ser leídos por otros. Por eso, como una apuesta por aportar a la construcción de paz y memoria en Colombia, seleccionamos algunos relatos vinculados al territorio caucano y sus habitantes. Los compartimos tal cual se encuentran en el Informe.  En la historia de hoy, un hombre cuenta cómo un atentado de la guerrilla en Miranda, Cauca, lo aleja de una carrera como futbolista profesional por una discapacidad física que, además, trae consigo la posterior dificultad de lograr sus sueños.

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No tire la toalla

 Mi historia es como una rehistoria. Soy habitante del municipio de Miranda. Toda la vida fui criado en ese bello municipio, donde siempre nos ha faltado el apoyo del Estado. Cumplí los quince años y, desafortunadamente, decidí viajar hacia otros lados a buscar mis sueños, pero en ese trajinar me pidieron estudio, y a nosotros nos tocaba trabajar porque mi papá abandonó a mi mamá cuando éramos muy niños. Nosotros éramos cinco hermanos hombres y tres mujeres. La mayor murió. Entonces a la edad de los dieciocho años decidí volver a Miranda, me vine a trabajar en construcción.

A finales de los 90, el fútbol comenzaba a coger fuerza por todos lados. Empecé a integrarme a la selección de fútbol de Miranda. Era muy buen deportista. En ese entonces trabajaba y hacía deporte. Luego ingresé a estudiar para terminar esos años de bachiller que me faltaban. En esas se desató la guerra entre paramilitares y guerrillas. Vivíamos una guerra injusta, mucha gente murió. Vi matar a más de un amigo que nunca le hizo daño a nadie. Los desaparecieron. Uno oía que el 6.° Frente de las FARC estaba presente, y en eso también llegaron las Autodefensas.

Yo hacía parte de los que querían formar un colegio en el cabildo indígena del pueblo nasa. Nosotros luchábamos por ello, y debido a eso hubo una masacre en el 96 o 97. En ese año penetraron los paramilitares tipo seis o siete de la noche y acribillaron a unas personas. Mataron a un compañero que estudiaba conmigo en el cabildo. Lo acusaron de ser guerrillero, se lo llevaron en un camión. Los muertos aparecieron en el Valle.

Como las cosas ya se habían puesto muy peligrosas en las veredas, yo tomé la decisión de dejar el estudio. Me dediqué a trabajar y a hacer deporte. Hice parte de la selección Miranda y, por mi buen desempeño, me vincularon a un equipo llamado Univalle. Me decían que tenía buen talento. Univalle era un equipo de la tercera división de fútbol de Florida, Valle del Cauca, que enviaba jugadores a otros equipos. Yo jugaba ahí como volante de recuperación, solo que una lesión me dejó ocho meses por fuera de la cancha y no me mandaron para donde me iban a llevar. Eso fue como pa el 98. Como pa noviembre nos enviaron pal equipo de fútbol Once Caldas a presentar pruebas. Nos vieron jugar varios partidos, y ya en diciembre me notificaron que el 19 de enero nos teníamos que presentar al Once Caldas de Manizales.

El 19 de diciembre tuve el accidente. Se me cortaron todos los sueños, eso fue lo más duro para mí. Eran como las diez de la noche, y me paré en la esquina de la casa. Unos amigos me invitaron a rumbiar. «Pues vámonos», les dije. Bajó un primo mío y también le dije que nos fuéramos pal festival donde estaban recogiendo fondos para un barrio nuevo. Cuando llegamos allá, estaba solo, no había llegado gente. Los muchachos dijeron «pues vámonos pal centro y ahora volvemos». Nos cuadramos en toda la mitad del parque e hicimos una vaca para comprar un botello de aguardiente, mientras nos íbamos pa la rumba. Eran como las once pasaditas y a mí me dieron ganas de orinar. Fui a un establecimiento que se llamaba Noches de Ronda. Allá me dijeron que había una mesa pa que se hiciera la gallada, si querían. Entré al baño y había un muchacho al que le habían hecho varios atentados. «Mirá, este man tan confiado y andando por ahí todo borracho y emproblemado», pensé.

Iba saliendo del baño cuando una amiga de la infancia me paró y me dijo: «Vení, vení bailemos». Mientras eso, vi que los compañeros estaban acomodando las mesas pa sentarse, aunque algunos no se habían venido. Me paró mi hermano menor. En ese entonces él tenía catorce o quince años. Me dijo que le regalara plata. Hasta ahí me acuerdo.

Me cuentan que llegaron una camioneta y dos motos. Se bajaron con metralletas en la mano y le prendieron candela al establecimiento donde estábamos. Yo ya había salido del lugar, pero recibí dos impactos de bala, o tres. Cuando abrí mis ojos estaba en el hospital departamental, luego de cuatro días en coma. Gracias a Dios no fue más grande el asunto. Hubieron solo nueve heridos y tres muertos, pero eso volvieron nada esa discoteca. Lo más triste es que eso pasó a dos cuadras de la Policía, y la Policía nunca llegó. Lo que más rabia les daba a mis amigos era que la Policía nunca hizo nada. Pero cuando nos fueron a sacar del hospital sí llegaron a hacerme preguntas, sabiendo que estábamos graves. Seguro ese día iban a matar a un muchacho, me parece que al que yo había visto en el baño. Decían que era de las FARC. En pueblo pequeño todo se sabe. Dizque le pegaron 17 disparos.

A mí me pegaron un disparo en la costilla izquierda y el otro fue en la espalda. El de la costilla fue el que subió y me dejó parapléjico. Gracias a Dios yo tuve mucha fuerza de voluntad y hasta los médicos no se explican cómo volví a mover las manos. Duré dos años sin poder moverlas. Mi recuperación fue de siete u ocho años antes de comenzar a recordar las cosas. No pude hablar durante un año y medio porque una de las balas me tocó las cuerdas vocales. Bueno, gracias a Dios todo se fue dando nuevamente. Pero lo más difícil es saber que me causaron ese daño, que los sueños se me detuvieron.

Gracias a Dios aprendí a vivir la vida que me tocó, como persona con discapacidad. Me gustaba aprender muchas artes. Aprendí a trabajar. Nunca le ha faltado un bocado a mi mamá y a mi hermana porque yo respondo por mi familia. También tuve una niña que adopté, inclusive tengo un niño, y nunca les ha faltado nada a ninguno. Quise seguir estudiando y terminé mi bachillerato a los 28, influido por unos profesores que me dijeron que no podía dejar de soñar. Luego tuve la oportunidad de ser concejal del municipio de Miranda gracias a mi liderazgo con personas con discapacidad. Eso fue del 2008 al 2011. En esos sueños volví a querer una carrera, pero no podía porque desafortunadamente en el municipio no había. Le tocaría a uno bajar a Cali, desplazarse, pero se me complicó por la situación de discapacidad. Me dediqué a aprender y trabajar en otras cosas. En talleres de bicicleterías, soldadura y todo eso.

Ya cuando el campus universitario comenzó a funcionar, empecé a estudiar administración pública. Voy en octavo semestre, pero es difícil cuando uno no tiene una entrada fija. Lo más triste es que existen leyes que dicen que ayudan a las personas víctimas de la violencia y yo traté varias veces de incluirme para que me ayudaran a ver cómo podía pagar mis estudios, y no pasó. Siempre me sacaban excusas. Me ha tocado parar por enfermedades y por mi discapacidad. Uno con discapacidad sufre descargas. Tengo un problema de un espasmo en la espalda que me da donde tuve el impacto de la bala. Es un dolor muy aterrador. Cuando me torea, me mandan consolar con un medicamento que les dan a los enfermos de cáncer. Tengo un problema en la piel. Me da un hongo y unos sarpullidos. Si me rasco, me produce infección. Me tienen que tener hospitalizado como por quince o veinte días para controlarlo. Cuando me da eso, me atraso en el estudio. Hay profesores que lo comprenden a uno, pero otros no. Me tocó como retirarme en dos ocasiones del estudio.

Últimamente monté un taller de zapatería y estaba a punto de tirar la toalla, porque es muy duro seguir estudiando. Inclusive hoy tenía que estar estudiando, pero pedí permiso y el profesor me entendió. Mire, entro a trabajar a las ocho de la mañana y a veces son las siete de la noche y apenas voy bajando de la casa. Tengo que ir a hacer tareas, y a veces que me pongo a leer en la cama y del cansancio me quedo dormido. A veces estoy en la mesa y mi hermana y mi mamá me preguntan que por qué me mato tanto. Yo les digo que es la manera que tenemos de subsistir.

Gracias a Dios estoy haciendo el noveno… Estoy a un pelo de luchar contra la injusticia que me tocó. Muchos amigos me dicen: «No tire la toalla». Hay profesores que me dicen: «Nooo, Peña, ¿cómo va a renunciar? Cuando le toque conmigo, yo le colaboro, hágale». Lo que ellos quieren es que uno rinda en la vida, aunque a veces lloro porque uno se siente abandonado. Pero hay que seguir. Uno debe sacar fuerzas de donde no las tenga.

A veces la familia se va a pasear y me reclama por pasar derecho. Pero a veces digo que no voy a abrir el local y que me voy con ellos porque el descanso es necesario. El otro día una sobrinita me dijo: «Tío, cierre que nos vamos. Usted va a salir enfermo por estar allá clavado». Tiene razón, hay veces en las que saco tiempo para irme con ellos a comer sancocho y reírme. Sin embargo, es muy triste porque a los 22 años quise formar mi hogar, darle todo a mi mamá. Gracias a Dios estoy al lado de ella. No le ha faltado nada y lo más bueno es que tenemos salud. Pero mire la fecha que es y no he podido acabar la carrera por todo lo que ha pasado, por tener discapacidad, por ser víctima de la violencia. Me toca trabajar y a veces pienso en tirar la toalla, pero yo digo que algún día tengo que ser profesional.