Y el man está vivo…

SILVIO E. AVENDAÑO C.

avendaño.silvio@yahoo.com

Un fantasma recorre… pero no se trata del comunismo del que habló, en el Manifiesto Comunista, el barbudo alemán, Carlos Marx, en 1848, que luego vivió la pobreza en Londres; tampoco se trata del fantasma del cual se tiene noticia, en letras borrosas, a la salida de los pueblos: “Por aquí pasó Bolívar…”; mucho menos del fantasma del Che, que viaja en la moto o la mula revolucionaría, por el costillar de los Andes y, que juega fútbol en Leticia; tampoco del fantasma de Camilo Torres que soñaba con la idea de que el reino de Dios comienza en este mundo; ni siquiera del fantasma de Quintín Lame quien no vivió en estos tiempos para bloquear la Panamericana -Cali-Popayán-Pasto; se trata del fantasma de Adolf Hitler, de quien se dice que no murió, después la guerra perdida, que estuvo de incógnito en la ciudad de Tunja, camino por Suramérica.

Y es que la cuestión no es si en realidad Adolfo Hitler estuvo o no en Tunja, de si vivió o no vivió después de la guerra, de si de clandestino deambuló por estos lares, porque lo que no se puede discutir es que el espíritu del man está vivo y presente en una y otra parte. Basta observar el autoritarismo, es decir el ejercicio de la autoridad que impone la voluntad de quien ejerce el poder sin admitir ningún consenso. La carencia de libertad ante la imposibilidad que tenemos de decidir por nosotros mismos, que esboza los rasgos del totalitarismo. El espíritu inquisitorial no se ha agotado con la quema de María, obra de Jorge Isaac, incinerada por los nadaístas y, el incendio de la estirpe de los Buendía – Cien años de soledad- dado que es una “novela corruptora”. El espíritu del caudillo se cierne en el horizonte de las elecciones cuando se escucha: “Yo voto por él que diga el jefe”. La violencia contra la resistencia de los líderes sociales deja ver que las purgas no son cuestiones del pasado. El aliento contra los defensores de los derechos humanos muestra que el espíritu de la persecución no ha muerto. Tampoco se puede desconocer ese común denominador de invertir el sentido de las cosas para tratar de posicionar una verdad contraria a la que explica realmente una situación. El fanatismo crece y el dogma se hace presente para justificar la crueldad. Los sindicalistas son desmentidos porque supuestamente alteran el servicio público de un monopolio. Las fuerzas oscuras del paramilitarismo acechan al menor descuido. La conciencia racial…

En Deutsches réquiem, narración de Jorge Luis Borges, el nazi Otto Dietrich zur Linde reflexiona: “En cuanto a mí, seré fusilado por torturador y asesino. El tribunal ha procedido con rectitud; desde el principio, yo me he declarado culpable. Mañana, cuando el reloj de la prisión dé las nueve, yo habré entrado en la muerte; es natural que piense en mis mayores, ya que tan cerca estoy de su sombra, ya que de algún modo soy ellos…Se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos, nosotros que ya somos su víctima. ¿Qué importa que Inglaterra sea el martillo y nosotros el yunque? Lo importante es que rija la violencia, no las serviles timideces cristianas. Si la victoria y la injusticia y la felicidad no son para Alemania, que sean para otras naciones. Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno”.