Volver al pueblo en Navidad

¿Quién no siente nostalgia por el diciembre de los días de niñez? Pero los regresos suelen dejar al descubierto que nada del pasado ni de la infancia se puede recuperar y que solo queda el recuerdo. Esta crónica hace parte del libro Mirada al Sur: Travesías por territorios de niebla, que el Sello Editorial de la Universidad del Cauca publicará en el primer trimestre de 2018.

Por: Juan Carlos Pino Correa

www.comarcadigital.com – Universidad del Cauca

En algún lugar de la calle suena a todo volumen Amaneciendo, una cumbia de Adolfo Echeverría que me transporta al Almaguer de cuando yo tenía diez años. Siempre sucede igual, esté donde esté. Puedo ver televisión, ir en automóvil, pasear por cualquier pueblo o ciudad o departir con mi familia y al primer acorde la imagen se me echa encima con toda nitidez. Un niño acompaña a sus padres y a sus tías a una fiesta de fin de año en una casa al final de la calle más larga del pueblo. Y la banda sonora siempre es la misma canción, como si no hubiera otra en el mundo. “Esta noche tengo ganas de bailar / y de ponerle a mi negra, serenata”. Veo a los adultos bailar y beber y reír y abrazarse y comer y abrazarse y reír y beber y bailar. Toda la noche. Felices. Exultantes. Extrovertidos. Amigables. Cómicos. Cariñosos. Solidarios. Generosos. Derrochadores. Tolerantes. Elásticos. Pero no recuerdo a nadie borracho aunque tengo muy claro el regreso cuando ya asomaba el sol, mis oídos todavía llenos del eco de aquella canción que ya no se iría jamás y que ahora, en este veinticuatro de diciembre de 2015, suena en algún lugar de la calle a todo volumen. “Con mis amigos me le voy a presentar / para ponerle en la puerta una cumbiamba”.

La música me transporta de nuevo en el tiempo a cuando yo tenía diez años, pero esta vez no necesita transportarme en el espacio porque justo estoy en Almaguer, en la casa de Ramón Lara, ubicada en diagonal a la iglesia. Yo sacudo mi cabeza para ahuyentar el recuerdo y le pregunto sobre la tensión que quedó en el ambiente después de las elecciones de hace un par de meses. Dos muertes se produjeron en los días posteriores a los comicios: el secretario del Concejo en Almaguer y un campesino en Llacuanas. El pequeño terror de pueblo también se expande como fuego. Que si los elenos, que si asuntos personales, que si gente cercana al candidato perdedor, que si el propio candidato, que si esto, que si lo otro. Y hasta hubo toque de queda. Sí, el pequeño terror de pueblo. Las conjeturas pululan y las investigaciones oficiales por estos lares sí que terminan diluyéndose en la niebla.

Cuando Ramón me va a decir cuál es su opinión sobre los hechos una señora llama a su puerta y a su generosidad y lo entretiene un largo rato y cuando se sienta de nuevo llega otra señora a decir que ha habido un atraco a mano armada en el pueblo. Sí, un atraco en la plaza, “el primero en su larga historia”, dice. Dos hombres en una motocicleta intimidaron a la pareja que distribuye pollos congelados en su camioneta por todos los pueblos del Sur y robaron el dinero que llevaba. Nosotros nos sorprendemos pero ni siquiera nos asomamos a la puerta, conocedores de que ya nada hay para curiosear en esas calles que son como pequeños grandes infiernos colmados de vida y de muerte y de palabras que rebotan en las paredes y luego entran a las casas para después salir de nuevo, renovadas, mutantes de aire. Entonces suena el teléfono y antes de que Ramón conteste nos despedimos prometiendo volver más tarde. En la calle el sol es impetuoso y yo voy en camisa pese a estar en un pueblo ubicado a 2.300 metros de altura sobre el nivel del mar.

Sombras y detonaciones

Hemos venido con María Fernanda, Adolfo Pino y Ángela a Almaguer porque quiero confrontar la misa de Navidad de la infancia con la que ha de celebrarse hoy. De esa época yo recuerdo la majestuosidad del pesebre con sus figuras de tamaño real que tenían movimiento. San José labraba y la mula pastaba. Creo que María daba algún paso. Aun hoy, cuando en una gran ciudad veo un pesebre en movimiento siempre digo con orgullo: ¡pero si esto ya existía en Almaguer en los años setenta y era más bonito! Claro, siempre es más bonito en la infancia porque todo nos deslumbra, porque apenas estamos empezando a descubrir el mundo y porque la majestuosidad es hija de nuestra curiosidad e inocencia. El niño Dios descendiendo en penumbra de lo más alto del templo hasta su lugar en el pesebre puede no sorprendernos ahora pues conocemos de sobra el engranaje y los trucos y sabemos de las trampas y el sesgo de los discursos religiosos. Pero en aquella época la puesta en escena, la iglesia colmada de feligreses, la música y las exclamaciones de fervor y fe erigían una arquitectura celestial capaz de hechizar a cualquier infante o a cualquier incauto.

Por eso estoy hoy aquí, porque desde entonces he anhelado un regreso y tengo la esperanza de ver de nuevo lo que no he visto en la Navidad de ninguna otra parte: el éxtasis del mundo recién descubierto en el escenario de un nacimiento. No obstante, los años no pasan en vano, eso está claro, y lo que encuentro es una larga y fría misa y el noveno día de la novena y un nacimiento sin esplendor y unas figuras en el pesebre que quieren imitar a las de antaño aunque no sean ni la sombra de las de antes. Y como si eso fuera poco, la eucaristía no tiene la concurrencia de otros tiempos y en la oscura calle oscura (más de una década sin que el municipio pague la energía eléctrica) no hay el entusiasmo que yo recordaba. Para más desolación, ya nadie juega a los aguinaldos y los niños de hoy ni siquiera saben lo que son. Eso me dicen Lilí y Lucía Gómez cuando al salir nos encontramos en la puerta. Luego ellas nos invitan a una reunión en su casa. Nosotros decimos que sí, que iremos, pero nos separamos porque antes queremos pasar por una tienda comprando algo de licor para no llegar con las manos vacías.

La plaza está en penumbra y algunas sombras se pasean parsimoniosas por ahí. De repente, a lo lejos suenan unas detonaciones, golpes secos que no parecen juegos de pólvora sino tiros de ametralladora. Nosotros nos sobresaltamos y miramos hacia la parte de abajo del pueblo, hacia el barrio San Francisco, allí donde está el cuartel de policía ubicado en un polideportivo nunca estrenado, justo en el sitio en el que antes quedaba la cancha de fútbol de tierra cuyas tribunas eran los barrancos desiguales arañados al cerro de Santa Bárbara. Las sombras de la plaza apuran el paso y al pasar a nuestro lado repiten: “es la guerrilla, es la guerrilla”. Lo dicen en voz baja, cavernosa y cascada de miedo. Nosotros nos sobresaltamos con este pequeño terror de pueblo pero pronto vemos que el ambiente de inquietud cede y todo vuelve a ponerse en su sitio. Entonces seguimos nuestro camino como si nada hubiera sucedido.

Nada es como antes

Acaso sea una curiosidad el hecho de que la casa de Lilí y Lucía, dos hermanas con quienes tengo desde mi infancia una amistad a toda prueba, sea la misma en la que vivía Adolfo con sus hermanos y sus padres. Él lo dice a viva voz aunque yo lo sé bien. Lo que no sé es hace cuántos años no entra aquí: lo veo mirar con atención y curiosidad las paredes, el patio, la ventana antigua, la distribución de los espacios de hoy. Luego dirá con algo de nostalgia, como yo de la misa de Navidad, que el tiempo pasa implacable y ya nada es como antes. Nosotros tampoco somos los de ayer y como hace mucho comprendimos a cabalidad que la vida sigue y no conviene ser la mujer de Lot, nos dejamos contagiar por esta alegría cierta y palpable del reencuentro, por la conversación cálida con nuestro deje cantadito del Sur, por el baile sin más arrebatos que los suficientes, por la renovación de una camaradería y un cariño sinceros a través de estas cosas sencillas. Así, la noche se deja llevar con parsimonia y tranquilidad.

Y en algún momento suena, porque no podía ser de otra manera, una canción que me transporta al Almaguer de cuando yo tenía diez años. “Es el día de su santo, hoy cumple la novia mía. / Amaneciendo, amaneciendo”.

En ese entonces vivíamos en el barrio San Francisco, en la casa de mis abuelos, una época un tanto imprecisa y deleznable para mí porque fue el interregno transcurrido entre la vida en la pequeña casa encantada de las afueras del pueblo y el viaje definitivo a la ciudad. Pero no pienso ahora recordar nada de aquello porque solo quiero dejarme llevar por la música, disfrutarla sin sacar a bailar a nadie, solo degustando plenamente aquellos acordes populares como si estuviera en una audición privada, un tanto absurda. “Me perdonan los vecinos / si formo esta algarabía”. Y mientras lo hago reconozco una vez más que el tiempo pasa sin remedio y ya no soy ese niño que mira a sus padres y a sus tías vivir a plenitud una fiesta en una casa al final de la calle más larga del pueblo. Los hados fueron destapando sus cartas y me hicieron anidar en lugares tan complejos y nebulosos como éste y sembrar andanzas de pasos firmes o imprecisos por otras muchas calles. Pero bien podría decir que jamás me extravié como para no volver y tener la entereza de mirar las realidades de mi tierra con todas sus alegrías y con todas sus desgracias. En eso me voy pensando cuando después de un par de horas salimos de la fiesta, sobrios, todo hay que decirlo, y nos vamos caminando sin miedo alguno por esta oscura calle oscura.