Semana Santa en Popayán

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En pocos días estaremos en el acontecimiento más importante para los católicos y para la bien amada Popayán. Será el primer desfile con el estandarte de la junta pro Semana Santa portado por el señor alcalde, César Cristian Gómez, quien rapidito le cogió “el paso” a la ciudad.

La tradición nació con la ciudad, porque según cuenta la historia, desde los tiempos de la fundación de Popayán se tiene la primera información sobre las procesiones de la Semana Santa, documentada a partir de 1556. Las primeras procesiones eran realizadas por encomendadores del Rey, cargando grandes cruces a manera de penitencia y de duelo, azotándose durante el desfile sacro por las calles de la ciudad, exhibiendo un auténtico espectáculo. Procesiones que en 1558, Felipe II las autorizó suscribiéndolas en la real cédula.

A lo largo de su historia, pese a las vicisitudes por las que ha atravesado Popayán, especialmente a causa de las guerras intestinas, y de los movimientos sísmicos, no se han dejado de celebrar las procesiones porque ellas, aparte de ser una manifestación masiva de culto católico, son un evento generador de divisas nacionales e internacionales para la ciudad y sus habitantes. Solo la lluvia ha obligado a suspender los desfiles, para proteger las imágenes de origen español, andaluz, sevillano, quiteño, italiano y payanes. Además del aporte en joyería e indumentaria de oro, plata y esmeraldas, entre otras piedras preciosas que adornan las imágenes, los sitiales bordados con oro y las andas pintadas con laminillas de oro. Todo en su conjunto, constituye gran parte del patrimonio de incalculable valor que posee la ciudad.

Narra Juan de Castellanos en sus “Elegías de varones ilustres de Indias”, que las procesiones se iniciaron en el año 1556, época en la que indígenas desplazados que venían desde el Perú, unidos a los Pubenenses, habían preparado una conspiración para tratar de reconquistar a Popayán. Los violentos aborígenes se agazaparon en los cerros que circundan la ciudad al caer de la tarde. Pero al anochecer, alcanzaron a distinguir una interminable “culebra” de luces en movimiento que envolvía la ciudad, imaginando que se trataba de un gigantesco ejército con antorchas y lanzas por lo que huyeron aterrorizados. En realidad, se trataba de la procesión de nazarenos del Jueves Santo.

Es la Semana Santa, una tradición payanesa de casi cinco siglos, en la que solo varones han llevado sobre sus hombros esa costumbre disfrutada y heredada por familias enteras con amplio sentido de pertenencia. Carguero que se respete, no cabe de contento hablando durante todo el año de las procesiones. En cualquier lugar en donde se encuentre, no se aguanta las ganas de regresar a Popayán. Sin importar la lejanía, viene a cumplir con el sagrado deber de “cargar”. Es un bonito ritual, con claro ejemplo de machismo. Ya que, con engreimiento exhiben como trofeo, los “callos”, -carnosidades- formadas sobre los hombros de los veteranos cargueros, como consecuencia de la fricción y el peso del barrote.

Civilidad; engalanar la ciudad, para lucirla radiante y bella.