Se gobierna para las encuestas

riveros1HECTOR RIVEROS

@hectorriveros

Se volvió un lugar co­mún, no solo en Co­lombia sino en todas partes del mundo, que cuando se publica el resul­tado de una encuesta que le resulta desfavorable a un gobernante este reaccione diciendo: “no gobierno para las encuestas”, casi siempre la afirmación va acompañada de la espe­ranza de que los ciudada­nos ya entenderán.

La expresión es al me­nos extraña porque uno supondría que quienes gobiernan lo hacen para conseguir el bienestar de la gente y que ese esfuerzo es reconocido por los bene­ficiarios de las políticas públicas. Pero los gobernantes que no son bien cali­ficados según las encuestas suponen que lo están haciendo bien pero que la gente no se da cuenta, lo cual resulta un poco exótico.

La segunda parte de la afirmación es al menos llamativa porque supone, por una parte, el reconocimiento de que las decisiones se han tomado contra la vo­luntad de la mayoría de los ciudadanos y por otra, que los gobernantes están en una especie de situación de supe­rioridad que los obliga a actuar en fa­vor de personas tan ignorantes que no consiguen entender que les conviene y que no pero que ya agradecerán.

Ahora, en el fondo todos al final aceptan que gobiernan para las en­cuestas solo que confían en que los re­sultados cambiarán cuando se consiga el resultado esperado luego de recorrer un proceso que probablemente la gen­te califica como malo o bien porque es costoso o porque no confían en que se consiga el resultado.

El Presidente Santos espera, por ejemplo, que una vez se firme un acuerdo con la guerrilla de las Farc y éstas comiencen con la dejación de armas, la oposición ciudadana a esa apuesta cambie por apoyo. Cuál será el clima de opinión después del acuerdo es una de las grandes incógnitas en la coyuntura colombiana y de él depen­derá el escenario electoral para el 2018.

Uno de los casos más recordados de cambio de opinión son el Gobierno del ex presidente César Gaviria, que llegó con un gran apoyo ciudadano, el cual se perdió como consecuencia de la fuga de Pablo Escobar y del apagón causado por el fenómeno de la Niña de 1992. Gavi­ria, sin embargo, terminó con un muy buen registro de imagen favorable.

El alcalde Enrique Peñalosa en su primer gobierno tuvo una situación similar y ahora que ha comenzado su segundo gobierno con números desfa­vorables confía en que volverá a ocu­rrir lo mismo.

Más allá de si a los gobernantes les importa o no que la gente tenga una opinión favorable o desfavorable de ellos lo que no pueden olvidar es que, como consecuencia de que el poder esté cada vez menos concentrado y de que los ciudadanos tengan una creciente capacidad de oponerse a las políticas públicas, el apoyo a la gestión es una condición de éxito del gobierno. Hay una especie de círculo que es el que tienen que administrar y se convertirá en vicioso o virtuo­so según lo hagan: los resultados dependen entre otras circunstancias del apoyo ciudadano y éste depende de los resultados.

Hoy, con el poder de las tutelas, las acciones populares, los órganos independendientes, la movilización de las redes sociales, los ciudadanos tienen mucho más poder que antes cuando se podían imponer las po­líticas públicas simplemente con las mayorías en los cuerpos de represen­tación popular. La gobernabilidad, que no es otra cosa, que la condición necesaria para convertir en realidad las políticas gubernamentales, antes se concentraba en la mayoría que se construyera en el Congreso o los concejos, ahora depende también del apoyo ciudadano.

Santos y Peñalosa están sufriendo un problema parecido: no consiguen el apoyo ciudadano. El Presidente ya no tiene mucho margen de maniobra para cambiar el estilo de gobierno, pero está convencido que si, por la vía de la ne­gociación, logra acabar con la guerrilla de las FARC la ecuación va a cambiar. Santos, que también ha dicho que no gobierna para las en­cuestas y la ha adornado con la frase de que los políticos piensan en las próximas elecciones y los estadistas en las próximas generaciones, sabe que es imposible conseguir el éxito de las decisiones contra la voluntad de la gente y por eso resolvió jugársela toda por el ple­biscito como método de legitimación de un acuer­do con la guerrilla.

El Alcalde, que tiene tiempo para lograr cons­truir consensos, parece creer que basta con la mayoría en el concejo para poder ejecutar sus pro­gramas y proyectos. Esa oposición tan fuerte que enfrenta en las redes sociales no tardará en convertirse en acciones judiciales y en movilización de todo tipo que pondrán en riesgo la capacidad de acción del gobierno distrital. En el marco de la Constitu­ción de 1991 se ha trasladado cada vez más poder a los ciudadanos y eso hay que tenerlo en cuenta.

Pero el desafío de Santos y de Peña­losa no solo está en conseguir el apoyo ciudadano a sus políticas sino en lograr que los que consigan sea sostenible en el tiempo. Si los resultados que esperan se consiguen, pero –digamos- a “las malas”, no habrá apropiación de lo que se consiga y al contrario en el futuro resultará muy rentable políticamente cuestionar su gestión y proponer cam­biar lo que se haya hecho.

A Peñalosa ya le pasó con los re­sultados de su primer gobierno que, a pesar de ser reconocidos, no fueron apropiados y los gobiernos posterio­res llegaron a la Alcaldía precisa­mente ofreciendo cambiar lo que se había hecho.

Por su parte, el Centro Democrático, con su llamado a la resistencia civil ya destapó sus cartas: en el 2018 lo que le propondrán a la gente es no cumplir los acuerdos con las FARC por que los consideran ilegítimos.

En un sistema político tan com­plejo como el colombiano el apoyo ciudadano es a la vez una condición para gobernar como para garantizar la sostenibilidad de las políticas pú­blicas y las encuestas lo que miden es precisamente el apoyo ciudadano y por tanto, claro que “se gobierna para las encuestas”.