Salió la última encuesta y dice que estamos condenados

HÉCTOR RIVEROS

@hectorriveross

La revista Semana divulgó hace algunas horas la encuesta (ver) que hace Invamer para esa revista, Bluradio y Caracol TV. Completó el grupo de seis mediciones que revelaron los más importantes medios de comunicación y todas nos vaticinan que estamos condenados, que el próximo 7 de agosto no arrancará una época de esperanza como debería ser sino una de deterioro aún mayor de la democracia, de venganza y de miedo.

Según Invamer, en lo que coinciden todas las demás encuestas, habrá una segunda vuelta porque ninguno de los candidatos logra la mayoría absoluta. El 41% de los votantes votarían por Duque, el 29% por Petro, eso sería suficiente para estar avocados a tener que escoger entre dos opciones desesperanzadoras.

El Gobierno de Santos ha sido malo, de acuerdo, pero no creo que razonablemente se pueda pensar que uno de Duque o uno de Petro sean mejores, por el contrario, habrá sobre saltos políticos, incertidumbres económicas, dificultades en el contexto internacional, problemas de gobernabilidad y sin embargo mayoritariamente pareciera que vamos a escoger ese camino.

La encuesta dice que la mayoría de los ciudadanos votaría por Duque o por Petro para derrotar a Petro o a Duque y producen entonces el curioso resultado de dejarlos triunfadores con su cupo en la segunda vuelta.

Cualquiera de los dos que gane, el siete de agosto próximo no estaremos de fiesta. Incluso los seguidores auténticos de uno y otro saben que lo que vienen son dificultades.

Los del uribismo saben que lo que proponen en relación con el acuerdo con las Farc abre riesgos de sostenibilidad del desarme, saben que cerrar las negociaciones con el ELN nos podrá en dificultades al menos en el corto plazo, son conscientes que habrá, como ha habido en contra de la alcaldía de Bogotá, una controversia política que hace casi imposible avanzar en cualquier sentido.

Los seguidores de Petro saben que, si ganan la elección presidencial, todo el establecimiento estará en su contra, que el Congreso, las Cortes, los empresarios, los medios de comunicación, muchos de los alcaldes y gobernadores harán todo para impedir que las propuestas de Petro, bunas, malas o regulares se puedan llevar a cabo.

Los unos, los otros y los que no estamos con ellos tenemos casi la certeza de que a pesar de que en las democracias una elección es la oportunidad para cambiar situaciones malas por buenas el 17 de junio habremos escogido una peor de en la que estamos.

Cuando ya creíamos que íbamos a pasar la página, el discurso de posesión de Petro o el de Duque, cualquiera que sea su contenido, significará para las mayorías algo similar a la famosa sentencia de Churchill en la que solo prometía “sangre, sudor y lágrimas”. Algo como: “no vienen días fáciles”.

No encontré cómo se define la patología en la que un individuo, en este caso un conjunto de individuos, entre varias opciones escoge libremente la opción que lo deja peor de lo que está, pero lo que sí parece es que por cuenta de la escogencia entramos en una especie de trastorno de ansiedad generalizado, esa sensación de miedo, de angustia, de insatisfacción que padece tanta gente en el mundo contemporáneo.

La encuesta dice que los colombianos estamos lejísimos de superar ese mal endémico que describe Jorge Orlando Melo en su maravilloso texto de la Historia mínima de Colombia: que no somos un país sino muchos con códigos de valores tan diversos que si la elección fuera en Antioquia y el eje cafetero ganaría en primera vuelta Duque y que si lo fuera en el Caribe o en el Pacífico ganaría Petro.

Estamos muy lejos de tener un propósito colectivo y después de la elección presidencial vamos a quedar aún más lejos. Vaya paradoja.

Las campañas electorales dividen, claro, casi que en eso consisten, pero el resultado final debería ser esperanzador. Ganadores y perdedores se dejan meter en una especie de ambiente colectivo de “vamos a mejorar” que en este caso no va a ocurrir.

Hasta el Papa se equivocó porque clamaba para que no nos dejáramos robar la esperanza, pero no dijo nada de entregarla voluntariamente y, como se definía el dolo en el pasado, a sabiendas.

Quedan ocho días y todavía queda la opción, desgraciadamente remota, de que los exámenes que nos han mostrado hasta ahora, que predicen una catástrofe estaban equivocados o que fuimos capaces de cambiarlos.