Reflexiones sobre la paz

CARLOS CAÑAR SARRIA webCARLOS E. CAÑAR SARRIA

carlosecanar@hotmail.com

Nada más propicio en temporada de Semana Santa, sobre todo en nuestro país,  donde muchas generaciones no hemos contado con un instante de sosiego, que  reflexionar sobre la paz, ese bien necesario que mucha falta hace a todos los colombianos.

“La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”, consagra el Artículo 22 de la Carta Polìtica colombiana. La búsqueda de la paz es la meta fundamental de los derechos humanos.  La paz es un derecho, un deber, una necesidad y una posibilidad.

Alcanzar una situación generalizada de convivencia pacifica sería lograr la afirmación de la vida. En un país como el nuestro, reconocido  como uno de los más violentos del mundo, la paz debe resultar de la voluntad política y del compromiso de todos. Estado, partidos políticos, gremios de la producción, la denominada sociedad civil, etc. Actores que pueden liderar en conjunto el camino hacia la paz. Ésta no  se logra de la noche a la mañana, se  construye paulatinamente y hacerlo significa la adopción de una cultura de los derechos humanos, capaz de enfrentar con decisión todas las expresiones de violencia y de intolerancia que campean en todos los escenarios de la vida nacional.

La polarización de la sociedad  encuentra sus raíces en el alto grado de intolerancia que ha caracterizado históricamente a los colombianos. Tramitar los conflictos y desacuerdos por vías pacíficas, respetar y estimular la crítica;  proyectar hacia el futuro diferentes panoramas de la vida económica, polìtica y social resultan indicadores positivos para  hacer efectivo el derecho fundamental a la paz. Ello exige un Estado fuerte en el uso racional del monopolio de la fuerza y en inversión social, que termine con la feudalizaciòn del poder y promueva una justicia distributiva,  verdaderamente ética, oportuna y eficaz.

La paz como realidad no es tarea exclusiva del Presidente de la República, sino de todos aquellos que de alguna o de múltiples maneras nos encontramos ligados a una problemática que hasta hace pocos años parecía no tener fin. Se trata de  la necesidad de un liderazgo colectivo que convoque a la movilización de las grandes multitudes  en contra de las múltiples expresiones de violencia,  en beneficio de las instituciones democráticas, del imperio de la ley y de la justicia socioeconómica.

En la medida en que avanzan significativamente los diálogos en la Habana, el país se prepara para una de las etapas más difíciles, el postconflicto, que es precisamente donde deben concretarse los acuerdos.

Desde todos los rincones de la patria se  ha venido reclamando a gritos la necesidad de la paz política, sin embargo,  pensamos  que el  problema de la violencia  no se debe circunscribir a la violencia  política. Nadie desconoce que el conflicto político-armado nos tiene a todos preocupados y acorralados, pero la sola paz política, en caso de ser posible,  no sería garante de convivencia pacífica, si desconocemos y no tratamos las otras violencias. Aquellas que proceden  del marginamiento económico, de una justicia degradada, ineficaz e inoportuna;  de  la manera corrupta de hacer política, de la indiferencia de los habitantes.

Tanto Estado como  asociados  tenemos la responsabilidad de construir la paz. Un Estado solo frente a un problema tan grave como las violencias, es un Estado inmensamente débil. Inversión social, justicia verdadera, depuración de la política, apertura democrática y presencia activa y efectiva  de la sociedad civil harían posible la convivencia pacífica entre los colombianos.  Un buen comienzo como expresión de sociedad civil, sería aprovechar  los escenarios y actores de la vida cotidiana: la familia, la escuela, la universidad, el trabajo, el barrio, etc.

El postconflicto presupone adoptar una pedagogía para la paz; además,  atender y resolver las profundas desigualdades socioeconómicas en nuestro país. Una paz estable y duradera podría ser el comienzo del fin de los males que tiene Colombia. Si se alcanza la paz, eso no quiere decir, que no se presentarán nuevos conflictos y problemas porque ello significaría quitarle dialéctica a la sociedad; si se construye una pedagogía para la paz, sin duda, el país estaría preparado para dirimir las diferencias de manera política, mediante acuerdos y soluciones pacíficas, para evitar así, repetir la triste historia de más de cincuenta años de derramamiento inútil de sangre y de pérdidas irreparables a la infraestructura del país.

Que esta Semana Santa sirva de reflexión y  oportunidad para pedirle a Dios por la paz del país. Que miremos con optimismo nuestro futuro colectivo. Que reconozcamos que la paz no es tarea fácil y que tiene muchas vicisitudes, que no se construye de la noche a la mañana;  que es necesario construir tejido social, que la paz es una empresa rentable y sobre todo, que se hace necesario pensar en el bien futuro que seguir recordando  el mal pasado. ¡Que el Dios de Colombia nos acompañe en este propósito!