Paz con paz se paga

amparo bastidasLUCY AMPARO BASTIDAS PASSOS

[email protected]

Durante décadas en Colombia hemos tejido y destejido madejas enredadas con hilos de guerra y paz, como Penélope tejió y destejió hebras en Ítaca, mientras esperó fiel a Ulises, hasta recibirlo 20 años después en el palacio. Al modo de ella y Argos, el perro, allanamos el camino los amantes de la paz hasta verla respirar en casa, y morir tranquilos después.

Recordemos que los guerreros colombianos ya en el siglo XIX volvieron incrédulos a los ciudadanos. Las élites armaron complejas confrontaciones capitaneadas por sus ejércitos. Liberales y conservadores inmersos en disputas por el control del territorio y su lucro, afincaron cruentas batallas de las que el peor librado era el campesinado que constituía el 80% de la población. Así afincaron la violencia en uno de los países más inequitativos; se amedrentó con crímenes a la clase media, a líderes populares, y a defensores de los derechos humanos.

En ese mismo territorio imaginándolo sin la grosera avaricia, quizá no hubiera fluido la rabia, y los campesinos seguramente habrían pagado la paz con paz. Es preciso entonces, comprender las causas históricas y las de hoy, de mantener la concentración de la riqueza con violencia, en porfiada actitud de las élites, el 1% de la población, en alianza con políticos desprovistos de escrúpulos, todos en la paz de Cristo.

No será fácil remover la costra mental endurecida durante 60 años de balas, no obstante, es inteligente que un sector de la clase dirigente y empresarial, por presión de grupos de paz, decida mirar de frente la paz, la equidad, y la adaptación responsable al cambio climático. Los guerreristas se indignan.

Las negociaciones no son la paz, pero inician un ambiente de reconciliación. Se empieza a notar en el Ejército colombiano: La prestación del servicio militar ambiental, asentado en Antioquia en 2014. Asimismo cursa la propuesta del servicio militar no obligatorio, aboliendo tal requisito para obtener empleo. Han construido colegios como el de Nuestra Señora de la Macarena en el Meta, con presupuesto del Ministerio de Defensa. Recientemente desmontaron un puente sobre el río Acacías que amenazaba represamiento. Vimos en el Tolima enfrentar en septiembre incendios de verano, a un comandante, 200 soldados y un helicóptero, que angustiados anhelaban tener más equipo y hombres para ser más eficaces. Quisiéramos que ese fuera el único fuego que enfrentaran y que los únicos bombardeos planeados apuntaran a las nubes para que llueva, y llueva café en el campo.

De la Habana llega otro ambiente de reconciliación: la Justicia Restaurativa, con penas reparativas del implicado y restricción de la libertad, siendo útiles aquellos, a la vez que cimientan su restauración con la sociedad. Si permeara la Justicia Restaurativa a la actual e inhumana política carcelaria colombiana, habría primavera incluso en ese rostro oscuro del país.

En la Segunda Asamblea Nacional por la Paz del suroccidente, realizada en Popayán hace algunas semanas, se repitió que deben leerse los acuerdos de la Habana, entenderlos y hacerlos cumplir. Al hacerlo, habrá presencia estatal en el campo, previniendo además el riesgo de que aparezcan otros actores armados. La paz con cambios se edifica con acciones individuales, se dijo. No somos ovillo de hilos sueltos, ahora podemos tejer como Penélope el lienzo del futuro junto al Ulises de paz, dejando de lado la vieja Colombia, asumiendo cada quien su deber con la paz.