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No es lugar para la piedad

Desde una perspectiva animalista, el sacrificio de animales para el consumo humano y sus procedimientos se constituyen en otra forma de la tortura y el dolor. Crónica sobre un tema que también suscita muchas polémicas.

Por: Alejandra Salazar

www.comarcadigital.co

Universidad del Cauca

La tortura y los secretos siempre quieren mantenerse escondidos, encontrando en lo oculto la tranquilidad y la arrogancia. Será por eso que ese día cuya fecha no consigo recordar, nos esculcaron las mochilas y en una imitación aeroportuaria sin más, nos quitaron celulares, cámaras y grabadoras. El jefe de planta, cuyo nombre olvidé, para mi dicha, advirtió sobre su aberración hacia los animalistas, los insultó con la propiedad puesta en los que afirman a la tauromaquia como arte y la violencia como medio. “Esos maricones vienen a decirnos que los animales sufren queriéndonos joder el negocio”.

Este era un juego perverso de actuación. Podrían haberme descubierto, o quizá no. Era irrelevante. Al final la carnicería de unos metros hacia el fondo perduraría, las paredes seguirían tintándose de rojo lava y yo no podría hacer más que mirar mientras morían.

Ingresamos, yo temía que mi corazón se fuera a resquebrajar, tenía las manos empapadas en sudor y la cara insolada. Desde hacía unos metros olía a calvario mezclado con estiércol fétido y vísceras putrefactas. Fue en una tarde acalorada donde los rayos oblicuos del sol apuntaban a vacas y búfalos, a estos últimos solo los había visto por internet, en los videos se veían más corpulentos y al menos caminaban. Todos tenían sobre sus manchas amorfas marrones y sus lomos atemperados tinta de cera roja que los clasificaba por su casta y su precio.

Arriba yacían los ganaderos y dueños de plazas de cárnicos, que sobre el puente se posaban a ver cómo los kilos de carne se echaban sobre el pavimento hirviente y sucio mientras regurgitaban como si se tratase de un efecto placebo para no sucumbir al hambre. Hablaban con tono seco de la ganancia por cabeza, veían zapatos, billeteras, bolsos y un buen bistec encebollado con arroz. Yo también estaba ahí, turbada, así que me propuse recordar dónde estaba esa imagen preciosa de los canales nacionales en la propaganda del medio día, la fábula de la vaca disfrazada de hada. Seguí buscando con abnegación, pero el piso seguía hirviente y nadie parecía interesarse en llenar los baldes vacíos con agua. Al final, como todos ya sabían con Santiago Nasar, ellas también iban a morir. Todos lo sabían y nadie quiso hacer nada.

***

Somos lo que comemos, y a lo mejor un filet mignon  ponga en evidencia  nuestro vínculo con los animales: ambos sufren, pero el hombre es el único capaz de sufrir y de generar sufrimiento. Ya lo hemos hecho con nuestros mismos especímenes. A nosotros los indígenas nos dijeron que no teníamos alma y nos vinieron a sacar el oro y la vida. A los afros les acusaron de involucionados y bestias de trabajo. A nosotras las mujeres nos siguen empalando cuando andamos solas. Hemos sido nuestros propios victimarios. Mi padre siempre dice que detrás de todo lo exquisito se esconde una tragedia, como la ciencia, el arte, la belleza y la literatura.

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