Monumento al papel higiénico

MARCO ANTONIO VALENCIA CALLE

 valenciacalle@yahoo.com

En el imaginario colectivo de las nuevas generaciones de Popayán, hay un monumento al papel higiénico. Es una falacia, un cuento chino, una fina ironía, un apunte de humor negro, pero existe. Para una gran cantidad de muchachitos recién llegados al mundo que no han tenido la suerte de recibir clases de historia, o asistido a una charla de la “cátedra Popayán” (de la que tanto insistió nuestro estimado Jaime Vejarano Varona, recién fallecido), en Popayán hay un monumento al papel higiénico porque lo han visto, y porque nadie se da la tarea de explicarles otra cosa.

Está ubicado en la berma o separador de carriles de la Panamericana (carrera 11N-18); en “dirección patoja”: cerca al parque del Quijote, diagonal a restaurante Carantanta. Es un cilindro de cemento enorme empotrado sobre una base de cemento fraguado sobre el piso, y a sus lados cuelgan gruesas cadenas oxidadas por el tiempo. Con un agravante o divertido guiño: no tiene una placa o aviso que expliqué qué es, o por qué “esa cosa” está allí.

Pregunté sobre el tema, y las respuestas son contradictorias, incluso divertidísimas.

Para algunos es un monumento a la abolición de la esclavitud lograda por iniciativa del payanés José Hilario López. Igual dicen que es un monumento a los esclavos negros del Gran Cauca. Y dicen: en una ciudad de próceres y estatuas, ese es el monumento nos debe recordar que durante los comienzos de la patria, en ciudades como Cali, Caloto y Popayán (que hacían parte del Gran Cauca), habían cientos de hombres esclavizados trabajando en fincas, minas y haciendas de los alrededores y con su fuerza les tocaba empujar esos cilindros mientras estaban amarrados a las cadenas.

Otros más, dicen que no es un monumento y por eso no tiene placa alguna. Que simplemente es un recuerdo de “los rodillos de hormigón” de tracción animal que se utilizaban para aplanar las calles que se construyeron por allá en los años cincuenta y sesenta del siglo XX, y que fue dejado de forma simbólica para el recuerdo de cómo y cuándo nos llegó el progreso.

A mí eso de tener un “monumento al rollo del papel higiénico” en la calle principal de Popayán me gusta.  Algo exótico y distinto para los turistas, ¿no creen?

Sería un toque del fino humor que nos caracteriza. Humor sutil e inteligente. Una pequeña ironía pública frente al patriotismo político de vivir en una ciudad prócera (definida la ironía como la ignorancia fingida). Un guiño para que la gente haga sus propias conjeturas, como en las clases de mayéutica de filosofía, donde la idea es que el observador se haga preguntas y se responda a sí mismo lo que entiende y cómo lo entiende.

Me nace anotar algunos datos sobre el rollo del papel higiénico para los guías de turismo. Antes de su aparición en Europa se cultivaban (y usaban para el aseo) hojas de lechuga remojadas en agua (ahora la lechuga hace parte de nuestra ensalada favorita). En las letrinas romanas se dejaba un pedazo de esponja amarradas a un balde de agua para el aseo comunitario de los usuarios. Fueron los chinos quienes inventaron la moda de usar papel para el aseo en el siglo XIV.  Y dicen los expertos que en promedio, hoy en día, una persona se gasta 15 rollos de papel año. Entonces digo yo: es un elemento que se merece el monumento.

Por demás, y mamando gallo, podríamos decir que – a veces-  en este pueblo hablamos “mucha eme” y por eso, necesitamos un monumento al papel higiénico.