Monjes Caucanos II

FERNEY SILVA IDROBO

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Al terminar el café, se colocó su mejor saco, aunque este no combinara con el resto de su vestimenta, era el legado de su padre que a su vez lo recibió del suyo. El zumbido de la mosca que merodeaba el concho del pocillo, alertaban a la araña sobre su inminente cena.

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Al rodear el desportillado pocillo en varias oportunidades y lanzarse al encuentro de su manjar, el insecto levanta vuelo, sin percatarse que está cerca de la trampa, la araña observa con detenimiento y paciencia; se enmaraña la primer ala, su esfuerzo hace que se empiece a enredar más, el arácnido corre veloz hasta su presa, le inyecta su veneno, que no es cianuro pero la deja inmóvil, indefensa la mosca busca los ojos de su depredador y este le esquiva por observar como Don Manuel sale hacia el convento a negociar su matrimonio.

Don Manuel de manera presurosa, se sube a su carreta y tira de las sogas que sujetan al caballo, en tanto, en el monasterio prepararan a Benilda de 14 años, quien llegó a dicha orden religiosa arrojada en la puerta cuando apenas tenía 3. La madre rectora del convento había determinado que no sería monja, pero debía casarse con un hombre que la mantuviera y que fuera útil según las costumbres de principios del siglo XX.

Si bien Don Manuel era 40 años mayor que Benilda, su viudez y 3 hijos consigo, requerían con urgencia quien les echara una mano con las cosas de la casa y en las noches de soledad, que en el campo a veces se hacen eternas.

Existían comprensibles y lógicas diferencias entre Don Manuel y Benilda, casi tan grandes como las del bipartidismo en Colombia.

Bipartidismo que representaba en realidad una sola fuerza de poder, una élite económica apuntalada en el dominio estatal y dueña de las herramientas de producción de la época. Si bien, hubo logros y avances, hasta llegar a cierta modernización, tanto Colombia y el Cauca, reflejaban la centralización de la autoridad en clases acomodadas que no estaban dispuestas a tomar riesgos y menos a la apertura en la toma de las decisiones trascendentales del país.

La guerra de los mil días, la pérdida o “venta” de Panamá y la masacre de las bananeras, destilaban la mentalidad medieval del país donde los intereses partidistas fueron superiores a los beneficios nacionales.

De ese Gran Cauca que recogía todo el pacifico hasta cerca de la Amazonia Colombiana, solo quedó una franja aún considerable de tierra, que es la que conocemos hoy; al cruzar el progreso por el Valle del río Cauca hacia Buenaventura, fuimos relegados a la periferia del desarrollo.

Es indudable que a comienzos del siglo XX quedamos huérfanos de liderazgos fuertes y visionarios, a diferencia de nuestros vecinos del Valle, quienes con sus inmensas concentraciones de tierras las colocaron al servicio de la tecnificada producción, en tanto, el Cauca seguía conservando grandes latifundios por pocas familias como parte de la demostración del poder de antaño.

Las señales de rebeldía de los sectores indígenas en el oriente encabezados por Quintín Lame y en el norte por el negro José Cinecio Mina, no fueron atendidas de manera seria y mucho menos incorporadas a las políticas económicas de la región. En contraste, regiones como el eje cafetero, la tierra fue dividida y entregada a colonos para su producción, la motivación de la libertad, la relación del trabajo y la propiedad, concurrieron en modo decisivo en su desarrollo.

Aún estamos a tiempo, tal vez, al igual que Don Manuel, de retomar el rumbo y cambiar la historia.