Los ejércitos: la novela que condensa la atrocidad del conflicto armado

En el especial de paz, el libro que hay que leer para entender la importancia de lo logrado en La Habana.
Los Ejércitos obtuvo el premio Tusquest Editores de Novela.

Los Ejércitos obtuvo el premio Tusquest
Editores de Novela.

Por Jaír Villano
@VillanoJair

Es llamativo que en un país que lleva más de 50 años de conflicto armado, la cesación pacífica de este no suscite el -desbordado- entusiasmo que debería ocasionar. Las muertes, desapariciones o, en suma, las víctimas, podrían ocupar ciudades enteras, y sin embargo las expresiones de júbilo son moderadas. Tanto así que dentro de poco esta sociedad tendrá la oportunidad de manifestar si está de acuerdo o no con lo que las contrapartes pactaron en aras de acabar la guerra. Como si todos no deseáramos lo mismo.

Las razones de la apatía podrían variar, pero para efectos de este texto podríamos mencionar una sustancial, a saber, que, mayoritariamente, el conflicto se ha desplegado en las zonas rurales del país, no en la urbe. Lo cual genera algo que podríamos llamar indolencia urbana, pese a que muchos de los victimados terminan ocupando espacios de la misma periferia.

Ahora bien, ¿cómo desarropar la armadura con que muchos colombianos advierten la guerra? Las soluciones políticas podrían ser muchas, a este redactor se le ocurre una simple: leer Los Ejércitos.

La literatura tiene la capacidad de visibilizar lo que, a primera vista, es invisible. De complejizar lo simple. De salir de la perspectiva común. Parafraseando a Proust: un verdadero de descubrimiento no consiste en visitar nuevas tierras, sino en tener un nuevo ojo.

Pues bien, Los ejércitos es una novela que narra algo que todo colombiano conoce: un pueblo en guerra, pero con un desarrollo de los hechos tan impecable que cualquiera que lea sus 203 páginas saldrá con otra visión de lo que significa hacer parte de un escenario donde las balas se confunden con el viento.

Cualquiera es cualquiera. Desde lo que niegan la existencia del conflicto y encierran los acontecimientos en un accionar de un grupo terrorista, hasta los que son conscientes de la ferocidad de los fusiles. También de aquellas personas que no se han detenido a reflexionar qué se siente estar gobernado por la incertidumbre del tatuco y la llegada de los ejércitos. Rosero ganó el premio nacional de literatura con la novela La carroza de Bolívar, y aunque la novela que aquí se refiere tuvo un pomposo galardón, para este redactor esta novela tiene la obligación de colarse entre los libros imprescindibles de las letras colombianas. ¿Por qué? Veamos.

Narrar el duelo

Ismael Pasos, un profesor jubilado, narra con su caminar el acontecer de San José, un pueblo en el que los ejércitos han hecho un entorno de averno.

Como cualquier territorio colombiano, los miembros de las tropas ocupan el escenario y se adueñan del mismo. Por este han pasado tanto unos como otros, y entonces el enervamiento de las partes se empieza a manifestar con una brutalidad que su escritor, Evelio Rosero, hace frágil.

Ismael ha perdido a la mujer de su vida, Otilia, y de la misma manera ve lacerado la dignidad de la mujer que roba su atención, Geraldina. Esa mixtura, entre erotismo y barbarie y barbarie y erotismo, hacen de la novela una pieza que sabe condensar algo difícil en la literatura: las emociones humanas (por impúdicas que parezcan) en situaciones adversas.

Evelio Rosero nació en Bogotá, en 1958

Evelio Rosero nació en Bogotá, en
1958

Rosero no cae en el facilismo de la novela de violencia, que politiza la estética en lugar estetizar la política. El escenario no puede ser más que bucólico, pero el escritor evita las técnicas caducas del costumbrismo y con esto deja toda su atención en la atrocidad de los hechos, que se reproducen por las fuerzas de los ejércitos.

Esto último hace parte de la virtud de la novela, en Colombia los aparatos mediáticos han ensombrecido la precariedad estatal con una presentación maniquea del conflicto. Es si no mirar los titulares de hace unos años, cuando hablaban de dadas bajas, por parte de unos, y asesinatos, por parte de otros.

Por eso, Estanislao Zuleta, en ese maravilloso texto ‘La guerra es fiesta’, hablaba de esa borrachera colectiva que exalta las pasiones bajo “palabras solemnes” como el honor y la patria, principios subyugados por dicotomías y maniqueísmos nefastos que conducen a ejercicios en donde sólo existe un ser protervo: el enemigo.

En San José ni estos ni aquellos son buenos. Son ejércitos, ejércitos que destruyen.

San José es invadido y, de a poco, va quedando como un pueblo fantasma. Ismael busca a Otilia, la busca con desespero, con esperanza y luego resignación, y a medida que la busca se topa con la muerte. La muerte del vecino, del amigo, del tiendero, del médico, de todo un pueblo. La muerte que danza al lado suyo, pero no lo toca.

El sentido de lo real es tan profundo que el lector no puede más que ceder ante el escozor de esos colombianos que han tenido que vivir en carne propia eso que se cuenta en el libro. Nada nuevo, ciertamente, pero la costumbre ha hecho que en este país la solidaridad por las víctimas sea en abstracto.

La dialéctica que propone Rosero desmantela esas sombras, deja en pocas páginas el drama de un personaje, y en él el de un pueblo (que en Colombia son muchos), al cual las múltiples fuerzas del poder han penetrado.

Los ejércitos es la novela que todo colombiano debe leer. No fue la intención del escritor, pero tras su lectura se logra entender la pertinencia de lo que significa el silenciamiento de la pólvora.

De paso deja en clarividencia que negar la existencia de un flagelo mayúsculo como ha sido el conflicto armado es actitud de doctrinarios:

“el presidente afirma que aquí no pasa nada, ni aquí ni en el país hay guerra: según el Otilia no ha desaparecido, y Mauricio Rey, el médico Orduz, Sultana y Fanny la portera y tantos otros de este pueblo murieron de viejos, y vuelvo a reír, ¿por qué me da por reír justamente cuando descubro que lo único que quisiera es dormir sin despertarme? Se trata del miedo, este miedo, este país, que prefiero ignorar de cuajo, haciéndome el idiota conmigo mismo, para seguir vivo, o con las ganas aparentes de seguir vivo…”.