Los 7 pecados capitales

FERNEY SILVA IDROBO

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Cuando escuché el término de Primavera Árabe, pensé que hacía referencia a una ensalada sofisticada con sabor mediterráneo o un período especial de las estaciones en las naciones nórdicas con más arena y seca de lo normal, pero resultó siendo algo diferente, mucho de manifestaciones populares que se originaron en los países árabes, buscando democracia y ampliación de los derechos sociales, eso fue entre los años 2010 y 2014.

Inicio con revueltas en naciones como Túnez, luego se extendió a Egipto, Libia, Yemen, Argelia y Siria entre otros; todos tenían características muy similares, estaban gobernados por generaciones de familias que llevaban de 15 a 50 años en el poder, hacían el ejercicio monárquico con pequeñas participaciones democráticas, pero había otra cosa en común, todos esos pueblos eran autónomos y no obedecían a los intereses de los países occidentales en especial a los de Estados Unidos.

La herencia cultural de dichos países a diferencia de occidente, siempre se ha enmarcado en el ejercicio unitario del poder, la correspondencia entre Gobierno y sociedad obedece a relaciones condicionadas por factores religiosos que ven en la monarquía la forma de organización más aceptada.

Debo ser honesto y comentar que la historia rectificaría y definió que la primavera árabe se originó por el descontento de algunos habitantes, que fueron financiados y apoyados con armas sofisticadas por los países “desarrollados”, con el fin de derrocar gobiernos y colocar en el poder a líderes que fueran afines a sus intereses económicos y colonialistas; no hubo preocupación genuina por el bienestar de los ciudadanos, es tan así que dichos pueblos hoy se encuentran sumidos en la pobreza, la guerra y el desplazamiento.

La democracia es una idea que va y viene, más allá de que las mayorías decidan el futuro de un pueblo, es la construcción constante del pensamiento, sus deseos y anhelos; el ejercicio de la organización de los Estados está definido por factores culturales, económicos, religiosos y hoy en día por tendencias globales de los países desarrollados que de manera directa influyen en otros aparentemente soberanos.

La concentración de autoridad trae como consecuencia 7 pecados capitales, y no me refiero solo a la disertación Cristiana, sino dentro del contexto de la democracia, aún en el Medio Oriente donde históricamente la monarquía prevalece, dicho círculo de poder genera soberbia, avaricia, envidia, gula, pereza, ira y porque no decirlo lujuria.

La concentración del poder en Latinoamérica y en especial en Colombia, hace mucho daño; cuando los dueños del sector financiero son los mismo de los medios de comunicación, a su vez tienen el monopolio de la tierra, poseen todas las herramientas para generar riqueza, permean los niveles de la organización del Estado para llegar a los escenarios de autoridad que genera las ramas del poder público, terminan convirtiendo la democracia solo en un letrero en la dictadura del Capital.

Colombia no es un caso aislado, es un fenómeno que se evidencia en América Latina; si los “cacaos” de nuestro país no empiezan a generar espacios donde la beligerancia y el debate evidencie el crecimiento de la democracia, nos veremos abocados en un tiempo no menor a 12 años a la primavera Latina o mejor a las marchas y reclamos sociales, creo saber, que esta tampoco va ser un plato para degustar en la cena.

La corrupción como consecuencia de los 7 pecados capitales en la democracia, se origina por la concentración del poder, generan aumento de “ñoños”, de billones contratados a dedos, ciudadanos sometidos y líderes vasallos escogidos por un pueblo que se niega a despertar, pero que esperamos más temprano que tarde lo haga.