La novela: ‘No sólo la noche es oscura’

FELIPE SOLARTE NATES

lefelsonat@yahoo.com

Combinando sus destrezas de comunicador social y cronista egresado de la Universidad del Valle, con varios años de práctica en el diario El Liberal, de Popayán y técnicas literarias aprendidas de numerosas lecturas, de sus libros de cuentos y novelas anteriores, en 117 páginas de ‘No sólo la noche es oscura’, Juan Carlos Pino Correa recrea desde la ficción literaria, historias tan cercanas a los caucanos, como la masacre de 17 personas ejecutada por militares en 1991, en Los Uvos, zona rural de La Vega, Cauca, (donde Juan Carlos vivió su niñez y parte de la adolescencia), narrada en medio de trastornadores recuerdos, por la hija de un profesor asesinado y por un periodista exiliado cuando intentaba desentrañar los orígenes de crímenes como éste, que inicialmente el ejército achacó a la guerrilla.

Ya asentado en Madrid, donde después de ser reportero de guerra en Colombia, sus amigos le consiguieron un trabajo como reportero de cotidianidades en un diario local, el personaje de la novela se encuentra con otro colombiano que administra un locutorio y sala de internet al que periódicamente acude para comunicarse e intentar aliviar nostalgias con sus familiares y amigos en Colombia. Después de hacerse amigos y compartir cervezas en un bar lleno de inmigrantes y televisores transmitiendo fútbol a toda hora, le cuenta que su padre quedó invalido por un atentado que le hizo un fanático conservador durante la violencia de los años 50, entre ‘godos y cachiporros’ y que él, junto a su mujer e hijas, debió salir del país antes de correr con la misma suerte de su padre y de sus compañeros de trabajo político de mediados de los 80, asesinados por difundir las ideas y propuestas de la casi exterminada Unión Patriótica en una época que también frustró las esperanza alentadas por Jaime Pardo Leal, Luis Carlos Galán, Bernardo Jaramillo Ossa, Carlos Pizarro, asesinados por la alianza entre narco-paracos, empresarios y políticos enemigos de cambios pacíficos y la paz.

Es un vórtice de violencias y exilios que se cruzan en continentes, tiempos y cabinas del locutorio, donde como en una Babel moderna, se confunden idiomas y acentos de rumanos, albaneses, argentinos, ecuatorianos, chilenos, árabes, africanos sub-saharianos y ecuatoriales que en vuelos regulares o en frágiles embarcaciones lograron colarse a territorios de los colonizadores de sus antepasados, huyendo de guerras tribales, religiosas, políticas, o simplemente de la miseria, que esperan aliviarles a sus familiares, girándoles euros, mientras trabajan sin descanso en labores que los españoles subestiman, o se rebuscan como pueden en sórdidos suburbios.

Pero no es sólo la violencia armada la que campea por las páginas de “No sólo la noche es oscura”. También la soledad y desarraigo de los campesinos obligados a abandonar casas, cosechas y animales y huir de sus veredas a refugiarse en pueblos o ciudades vecinas para intentar preservar sus vidas, las de sus hijos y las de quienes tienen que irse del país y volar hacía un mundo desconocido con el que han soñado en postales e idílicos documentales y filmes, pero al que no logran disfrutar como lo soñaron cuando eran niños o jóvenes, porque en la piel y sus recuerdos han quedado impregnados el color de sus montañas y los olores que los hacen soñar con ese trópico, sus lugares y rostros, voces de los amigos y seres queridos que pronto anhelan volver a ver, si es que pueden regresar al cabo de los años, pues sus hijos ya han crecido, educado hechos amistades y arraigado en España.

También en los capítulos de la novela aparece, como un cuento paralelo iniciado como ejercicio de creación literaria del periodista, una historia sobre la perdida de la mujer amada que está ausente al regresar a la nueva residencia en otro continente y al abrir la puerta deja de salir la nostalgia de recuerdos acumulados durante la convivencia en el país abandonado a la carrera.

La cuarta novela del escritor almaguereño Juan Carlos Pino Correa (1965), abogado y PH.D en Investigación en Artes y Humanidades y docente del Departamento de Comunicación Social de la Universidad del Cauca, es una bien elaborada metáfora del exilio y la violencia que sin fronteras geográficas azota a diversos pueblos en este mundo globalizado por la ubicuidad de los conflictos, de los medios de comunicación y las redes sociales que hacen ecos mesurados o morbosos de sus crudas manifestaciones.

PS: Juan Carlos Pino fue invitado al conversatorio que cada 15 días, en la plazoleta de comidas del centro comercial Campanario, con el apoyo de la librería “Pensamiento Escerito”, coordinan los escritores Jairo Grijalba Ruiz y Carlos Mauricio Bermeo. El sábado 9 de septiembre, a partir de las 10 de la mañana, conversarán con el prolífico y reconocido escritor payanés Víctor Paz Otero.