La cultura de la violencia

MIGUEL CERÓN HURTADO

migancer@gmail.com

Alguna vez, hace como tres años, leí un comentario en Facebook que decía “hacer un acuerdo de paz en Colombia es como bañar y perfumar un gamín bogotano”, lo cual me pareció muy curioso y además de recordarme la famosa frase del diputado antioqueño sobre “perfumar un bollo”, me hizo pensar sobre el pesimismo de su autor y la osadía de hacerlo público en una de las llamadas redes sociales. Pero viendo hoy lo que está haciendo la oligarquía colombiana, principalmente el ala de la extrema derecha neonazi, y sus representantes en el aparato legislativo, no queda otra alternativa que reflexionar sobre la frase.

Si repasamos la historia del Colombia a partir de 1819, la que nos enseñaron en el colegio en los años sesentas, vemos que el eje principal de la narración histórica es la secuencia de guerras y enfrentamientos internos entre diferentes grupos de colombianos que siempre se agrupan en torno a un paquete de intereses y querían derrotar a los otros, recurriendo a los métodos violentos, de modo que el conflicto y la confrontación se han vuelto el común denominador histórico.

No hace falta repasar las distintas manifestaciones violentas del conflicto que todos conocemos desde nuestra juventud de estudiantes. Desde la noche septembrina cuando trataron de eliminar a Bolívar, pasando por la revolución del medio siglo, la guerra de los mil días, la violencia liberal-conservadora etc., es poco el tiempo de nuestra historia en que la sociedad colombiana ha vivido en paz.

Por supuesto, la repetición de hechos de este carácter sembró el patrón cultural que hoy rodea la conciencia colectiva y polariza la comunidad nacional en dos bandos; por un lado quienes aspiran, ya aburridos, que las expresiones de violencia se terminen o, por lo menos que disminuyan; y por otro lado, quienes motivados por el rencor, el odio, el afán de venganza y nutridos por el veneno de la intolerancia, se niegan a aceptar el acuerdo de paz suscrito con uno de los grupos insurgentes, cuya irrupción histórica en los años sesenta, se sustentó en el legítimo derecho universal de la rebelión, creado antes de Cristo y consagrado en la Carta de las Naciones Unidas. Otra cosa es que posteriormente se haya criminalizado y políticamente se haya torcido.

La conclusión al ver los hechos políticos actuales con la división de la oligarquía, es que definitivamente, en Colombia no se podrá recurrir a salidas negociadas y pacíficas a los conflictos sociopolíticos. ¿Para qué negociar con el Eln, si va a ocurrir lo mismo? Y lo más grave es que, no solo los ricos se oponen a los acuerdos, sino que hay una masa de alienados mentales de las clases pobres, que repiten los argumentos de la extrema derecha neonazi sin profundizar en la reflexión necesaria para comprender el fenómeno político, porque ya se ha consolidado un mecanismo de operación automática en la mente que se extiende por toda la instancia ideológica del país y que tiene generalizada la cultura de la violencia.