La comisión de la verdad

GUILLERMO PÉREZ LA ROTTA

guipe420@hotmail.com

Es un comité de 11 personas que busca propiciar el diálogo y la convivencia entre los colombianos que han sufrido la violencia. Sus acciones, implicarán motivar una integración con apartadas zonas donde se sufrió el horror, buscando que emerjan reconocimientos hacia las víctimas de todos los lados de la contienda.

Lo que inspira en alguna medida este proceso de paz es precisamente abrir posibilidades de luz a la verdad, moral y políticamente hablando. Cosa que a muchos les parece incómoda. La verdad, como esa dimensión que está en la base de las conductas humanas, que participaron o sufrieron de la violencia, es un subsuelo de acciones y intencionalidades, y habría que escarbar allí un poco para que aflore desde el sufrimiento, un mínimo de reconocimiento, que descubriría cosas feas, para mirarnos, como personas o colectivo nacional, y buscar el perdón, según valora el cristianismo.

Pero todo eso es difícil y hasta imposible. Los trapos sucios, o se dejan así o se lavan en casa muy secretamente. Por eso, no estoy conforme con el nombramiento de esos 11 miembros, y me parece sesgado como eslabón más en la cadena de errores crasos de este proceso de paz. Planteo otra hipótesis de comisión que sería más representativa del sentir nacional. La comisión en principio, pudiera haber existido para desmentir los descomunales errores de interpretación de la historia nacional, y en ese caso, estar presidida por Fernando Londoño, para que en su sabiduría, orientara nuevamente la idea de que aquí no había conflicto interno sino amenaza terrorista. Esto supondría la idea de que las élites nunca se comprometieron con la violencia, sino que defendieron las instituciones republicanas y católicas, desde Laureano Gómez hasta Álvaro Uribe. Y que el ejército fue el bastión más representativo del orden y la libertad, que fue asaltado por bandoleros que cambiaron de rostro en el tiempo. Y también debería estar allí el señor Lafaurie Rivera para controvertir la idea de que aquí alguna vez hubo conflictos por la tierra, dado que el modelo existente desde tiempos inmemoriales era el adecuado para el desarrollo del país. Solo que el comunismo internacional lavó el cerebro de muchos, haciéndoles creer que la tierra se podía repartir mejor. Incluso lo podría asesorar en ese empeño el ex ministro Arias –sí, él debería estar también en ese comité- señor que hoy está injustamente preso, debido a la persecución política del gobierno traidor y miserable de Santos. También Paloma Valencia podría aportar mucho para la comprensión de aparentes violencias, dando claridad étnica y moral a las diferencias insalvables entre esa chusma indígena que aún no hemos podido integrar, comandada antaño por ese aparecido pretencioso que fue Quintín Lame, y la selecta tradición de señores como su abuelo –recuerden Marquetalia y las repúblicas independientes, según la interpretación de Álvaro Gómez, el hijo de Laureano- y su bisabuelo, miembro inmortal del olimpo parnasiano. En la comisión habría de estar Rito Alejo del Río, eximio militar que pacificó en su momento la región antioqueña de Urabá, frente a la amenaza terrorista de una alcaldesa de apellido Cuartas, aliada con subversivos; él podría desmentir las artificiosas interpretaciones sobre la violencia urabeña. Igualmente debería estar la ex ministra Marta Lucía Ramírez, subalterna de Álvaro Uribe cuando se hizo la gloriosa operación Orión en unas lomitas de Medellín, para dejar en claro la exacta pertinencia de una acción militar y policial. Operación de rastrillo del terrorismo, una vez más, que nos ha acosado desde hace unos sesenta años. Y también Germán Vargas Lleras debería estar, para defender a millones de colombianos del peligro de que los impliquen en una violencia que no han propiciado, por ejemplo, los honorables empresarios que han forjado de forma impoluta el progreso de Colombia, a pesar de los terroristas, y de la corrupción. Y finalmente, yo no podría excluir de esa comisión a Alejandro Ordóñez, que puede reconstruir con detalle la diferencia entre la verdad y la mentira, en todos los órdenes, epistemológico, judicial, teológico, moral y político, como que es un pedagogo iluminado por el Espíritu Santo, para alertar contra las desviaciones actuales en la vida cotidiana (gays y otros), y para afianzar la vocación católica de la patria. Habría pues que hacer un index reciente de libros prohibidos y quemarlos en una hoguera, tal y como se quemó en carne viva el error de un Giordano Bruno, por decir que el universo era infinito o de un Joseph Jiménez en la Cartagena del siglo XVII, por hacer malas interpretaciones sobre la Virgen María. En fin, aquí en Colombia no ha pasado nada que tenga que ver con un conflicto interno, solo existió una larga asonada que los defensores del orden y la verdad han combatido con valor y tenacidad. ¡Mano firme y corazón grande!