Crónica: En bicicleta llegamos a San Agustín

Recorrido por tierras ancestrales de Colombia, realizado por un grupo de ciclistas amantes de la aventura.

Jazmín Muñoz Yela

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El estrecho del río Magdalena, hasta ahí llegó la Travesía en bicicleta.

El Parque Arqueológico de San Agustín, un lugar lleno de riqueza cultural nos dejó ver su historia.

Ciclistas, sinónimo de alegría, amistad y mucha diversión.

No hubo excusa para no pedalear, a la hora de la lluvia todo era válido.

¡Y llegó la hora! O bueno eso creíamos cuando sonó la alarma a las dos de la mañana. El viernes 18 de agosto nos acostamos muy tarde, quizá con la ilusión de despertar más rápido a la aventura, pero el clima nos hizo tomar una pausa y nos dio una invitación a tener paciencia, ¡y se tomó su tiempo! antes de dejarnos salir. A las dos de la mañana cuando el particular sonido de la alarma sonó intentamos salir de las cobijas, pero el frío que lograba pasar debajo de la puerta y las estruendosas gotas de lluvia que caían sobre el techo, nos hizo pensar dos veces si salíamos así. Si señores, la aventura hacía San Agustín tendría que aplazar su hora de inicio.

Entre chiste y chanza logramos ponernos de acuerdo para replantear la hora y nos encontramos. Siendo las 3:40 de la mañana y después de unas bellas palabras de fortaleza de Claudia Galeano para lo que nos esperaba, arrancamos. Del Parque de la Salud arrancamos 37 aguerridos ciclistas, y cinco niños y ocho adultos en dos carros acompañando nuestro recorrido. Posteriormente se nos unieron cuatro personas más en un carro. La experiencia se veía prometedora y nadie quería perdérsela.

Rumbo a Coconuco

La subida rumbo a Coconuco nos trató bien, hasta que llegó el primer incidente, la uña del muñeco de la bici de Edwin Andrés se dañó, eso básicamente significaba que se había quedado sin cambios y faltaba bastante loma.

Como el compañerismo nunca falta entre los ciclistas, nos detuvimos, se hizo un arreglo temporal que se acabaría de solucionar en Coconuco. Pasadas las seis y media Coconuco nos recibía con un frío intenso y un hambre que decía detente aquí. Y así fue, un restaurante abierto nos ofreció una deliciosa agua de panela con queso que nos devolvió las energías, descansamos un rato y continuamos.

El clima insistía en tomarnos del pelo, después de abrigarnos hasta el pelo, un coqueto sol asomó y nos obligó a quitarnos el exceso de ropa, pero más demorarnos en quitárnosla, que en volver a llover. Así estuvo jugando con nosotros el clima. Antes de llegar a Paletará el estómago se volvió a manifestar y al fiambre le tocaba su turno. No pudimos descansar porque la lluvia se intensificó, el grupo empezó a dividirse, unos continuamos lloviendo otros se disminuyeron un poco el ritmo, pero sin dejar de pedalear.

Subiendo a Paletará

Llegando a Paletará nos encontramos a los compañeros que habían partido de primeros. Ahí nos unimos a ellos y partimos. La lluvia, el frío y ahora, la carretera destapada llena de piedras y huecos eran el nuevo reto. Empezamos a atravesar ese que le llaman falso plan en medio del Páramo. Y sí que es falso, porque no tenía nada que envidiarle a una montaña rusa. Llegue a creer que estábamos perdidos o que un duende estaba jugando con nosotros, hasta que le preguntamos a un amable campesino, quien dijo le faltan 25 o 30 kilómetros para llegar a Isnos, no sé si me dio esperanza o decepción, pero continuamos.

Isnos nos vería pasar

Creo que no le caímos bien al páramo, porque fuimos pocos los que recibimos el endemoniado aguacero, a los de atrás, la mayoría les sonrió el sol en medio de las montañas. Continuamos pedaleando y el pavimento volvió a aparecer, sorpresa, se había acabado el páramo y ahora había que descender. En cuestión de minutos llegamos a Isnos, ahí estaban dos compañeros que hacía un rato habían llegado. Almorzamos, no sé si estaba exageradamente delicioso o mi estómago estaba agradecido, pero el sol y la comida nos cambiaron la cara. Descansábamos mientras llegaron cuatro compañeros más, de ahí para allá fueron 10 kilómetros bajando, un placer que se acabó faltando cinco antes de San Agustín. Esa hermosa tierra nos daba la bienvenida con una larga subida de cinco kilómetros.

San Agustín, por fin

Llenos de sudor y ahora con ganas de que llueva por el calor tan fuerte que hacía, llegamos. A las cinco de la tarde pisamos San Agustín, un pueblo lleno de gente amable, lleno de colores, artesanías y mucha historia. Ahí nos quedamos en el Hotel de Lidia, la madrastra de uno de nuestros compañeros que nos acogió como a sus hijos. A las cinco y media, siete, media y 10 y 30 fueron llegando los demás compañeros, cada grupo en el que se dividió el grupo grande, por el ritmo o por el embeleco del paisaje, nos disfrutamos de diferente manera ese recorrido. Sin importar como, todos llegamos felices por el reto ganado. Y como diría Yuly, le sacamos la lengua al Páramo, porque nos le pasamos sin gran novedad, en sus narices.




Rito ciclista

El domingo fue de relajo y disfrute, despertar tarde, desayunar y ahora si a conocer las maravillas del Parque Arqueológico de San Agustín y de compartir de los chistes y ocurrencias de don Jair, Ángel, Vilmer, Yuly y todos aquellos que con su sola presencia hacían que ese lugar en ese momento fuese tan especial. Pero como lo bueno dura poco, eso dicen y así parecía, unos cuantos regresaron a Popayán, unos valerosos y aguerridos regresaron en bici, otros en carro y otros nos quedamos, porque queríamos estirar la experiencia. El lunes festivo fuimos al Estrecho del Magdalena, el espacio más pequeño que tiene este rio en todo el territorio nacional, ahí Vilmer y Carolina bautizaron a Mandra y Amapola, así llamaron a sus bicis, una forma simbólica de agradecerles a sus caballitos de acero, los kilómetros que han podido recorrer gracias a ellos. Es grato conocer estos rincones maravillosos y El Nuevo Liberal a través de su periodista ciclista lo volvió a hacer. En esta ocasión acompañarme a recorrer los 135 kilómetros que separan a Popayán de San Agustín, Huila.