El punto G

JAIME BONILLA MEDINA

jaboneme@hotmail.com

No, no se trata de describir aquella zona erógena femenina llamada así en honor a su mentor, el alemán Ernest Gräfenberg. Se trata de comentar la conducta discrepante y obstinada asumida por personajes amigos de la guerra que, conceden a la violencia el carácter de vía resolutiva a los incidentes adversos en el discurrir de la vida.

Las leyes biológicas, culturales y éticas califican y rigen las actitudes de las personas en sociedad. Así, se considera normal y razonable el conocimiento, práctica y enseñanza de múltiples cualidades humanas: cuidar nuestro organismo para preservar la salud, por ejemplo. Combatir el robo o cualquier otro delito por intermedio de la honradez y la justicia. Fomentar la sana convivencia mediante la promoción de la tolerancia y el respeto. Convertir la paz en un modelo de vida y evitar todo tipo de atentado o maltrato.

La sentencia: «La violencia se combate con más de lo mismo», está logrando adeptos en forma acelerada y vemos que, la respuesta agresiva ante una provocación es algo natural e incluso la única manera de hacer frente a los problemas, algunos tan simples como disgustos o contradicciones interpersonales; o tan complejos como los conflictos sociales, políticos o militares al interior o extrafronterizos a las naciones. Esto es, ni más ni menos, el imperio de la cultura de la violencia.

Los condimentos para aderezar esta trágica formación son: egoísmo, mentira, rencor, hipocresía, cinismo, fanatismo, el golpe directo, maltrato, falta de diálogo, insulto y permitir que los desafíos se resuelvan con represión. En ella, la riña siempre será la consecuencia de una fricción mal remediada. Al contrario, en la cultura de la paz los inconvenientes se gestionan a través del diálogo y los pactos de no agresión.

En la actualidad el mundo tiembla porque los dirigentes de las grandes potencias, supuestos cautelosos y ecuánimes gobernantes, están mostrándose los dientes y en inminencia de oprimir el punto G (G de guerra) o botón detonante del enfrentamiento armado, del disparo de misiles, de la hecatombe, del holocausto de numerosos inocentes.

Preguntemos a Donald Trump (EE UU), Vladimir Putin (Federación rusa), Bashar al-Ásad (Siria), Kim Jong-un (Corea del norte), Hwang Kyo-ahn (Corea del sur) Xi Jinping (China), Shinzō Abe (Japón), Abu Bakr al-Baghdadi (Estado islámico) y todos sus aliados. Y en el contexto local, al Centro Democrático, religiosos ortodoxos, conservadores, algunos militares en retiro, iglesias evangélicas y ciudadanos independientes: ¿cuál de las siguientes variantes o todas las anteriores, les convence para otorgarle a la guerra, el poder exclusivo de resolver los conflictos existentes? Ostentación de poder / Orfandad de poder / Ínfulas nacionalistas / Odios arraigados / Discrepancias políticas / Temor a la penetración de ideologías extranjeras / Confianza en el caudillismo y mesianismo / Temor al ostracismo / Conservación de pedestales a toda costa / Acatamiento a las alianzas firmadas / Oscuros intereses bélicos.

La violencia y el maltrato tienen raíces educativas y tradicionales. Es un fenómeno social aprendido e interiorizado. Así mismo se puede desaprender y expulsar. Mientras el juicio sano y equilibrado no nos diga lo contrario, seguiremos defendiendo la cultura de paz y las leyes de la razón y la existencia, amenazadas a cada instante por la opresión del punto G.