El extremismo de las políticas neoliberales

MATEO MALAHORA

jorgemunozefe@hotmail.com

“Sus prácticas pasan por la partidocracia como correas de transmisión y transferencia de todos los males del mundo: hambre, guerras, corrupción, apetencia por el petróleo y los mercados”.

Un desencanto recorre el mundo, el discurso del neoliberalismo, en cuya defensa se ha unido todos los grandes poderes del mundo económico sin que haya la menor susceptibilidad ni desaire por las oscuras crisis que produce.

Sus prácticas pasan por la partidocracia como correas de transmisión y transferencia de todos los males del mundo: hambre, guerras, corrupción, apetencia por el petróleo y los mercados.

Simultáneamente sus protagonistas, con Donald Trump a la cabeza, aparecen como críticos de la gobernabilidad y las prácticas, mañas y experiencias creadas por el mismo engendro creado por las mafias que se han apoderado del mundo.

Lo profundamente grave del momento es que en el panorama mundial una avezada jauría económica aparece como si fuera antipolítica, contraria al consenso artificial creado para suplir el ‘contrato social’ que nos legó la Revolución Francesa, resumida en la soberanía popular.

La inutilidad de la burocracia política ha creado la sensación de que es insustituible y son mejores los males conocidos que las novedades por conocer.

La teoría de un mal arreglo a una buena pelea se impone como cátedra ética y su lectura es obligada por todos los gobiernos del mundo, que con su aparente caparazón del Estado repiten las lecciones de las metrópolis donde se acomodan las decisiones que mueven el planeta.

Se trata de pasar, como lo sugieren los grandes magnates norteamericanos, británicos, franceses, chinos o rusos, de una modernidad censurada y maldita a un espacio donde hablar de las bondades de la ‘inversión’ y el capitalismo puro sean la panacea que abra los espacios posmodernos.

Es el autoritarismo económico con distinta guasca, el capitalismo más refinado, la sumisión ciega, el acatamiento humillante a las determinaciones que asuman la plutocracia financiera mundial, que en síntesis es la gobernanza que conduce a los estados a aceptar el freno en seco, el freno de mano, la coerción y la hegemonía.

Una regimentación extremista y absoluta se ha tomado al mundo, los valores, la honestidad y el pudor no están en la mesa de las negociaciones, está la compra de naciones, de pueblos y continentes.

Es en mercado donde se encuentra universalizado el crimen, la descomposición moral, la exuberancia de las jugadas por debajo de la consola y el tablero.

La expansión de la cultura del dinero, del individualismo hirsuto y la egolatría por el poder disolvió los centros donde la sociedad creía en las bondades de la honradez política.

¿Dónde quedó la dialéctica del compromiso social, el razonamiento popular y ‘la democracia occidental’?

En el oculto o abierto influjo y predominio del mercado las naciones se acomodan a la nueva aprobación social y es allí donde duermen cómodamente todas las lacras del capitalismo que vino al mundo fluyendo pobreza, marginalidad, eliminación, violencia y desigualdad.

En cuanto a nuestro país, ¿nuestro?, las coordenadas de la honestidad, del pudor en el manejo de la cosa pública, la deriva es visible, y no se necesitan lentes estatales para ver el desvío en todos los espacios de la gestión política.

La atmósfera de un modelo diferente no está en discusión, la crítica anda desubicada, se halla perdida en el desierto del conformismo y los sujetos del cambio social se desmontaron de los compromisos con el pueblo.

Lo hemos visto, el Estado fue desmantelado, arruinado por la voracidad del capital, sus límites fueron consumidos por las transnacionales del crimen y creer que con razones morales puede volver a recuperar su destino es una candidez.

Se cayó la máscara de la institucionalidad, las lógicas grupales financieras y propietarias de la nación se encuentran agazapadas y tras bambalinas esperan que alguna crisis le vuelva a servir para recomponer el ajedrez político para seguir ganando la partida.

El poder que está en juego en las próximas elecciones es la ‘continuidad de lo mismo para que siga ocurriendo lo mismo’ o la oportunidad de agrietar la desigualdad social causada por los distintos periodos de supremacía y predominio de las aberraciones políticas con que se ha gobernado al país.

La pobreza, la indigencia, la exclusión, el desempleo, la supresión del bienestar, no tienen origen divino y asignarle a las fuerzas naturales el desastre en que viven amplias zonas de nuestro país, como La Guajira, escoltadas por las multinacionales de Las Salinas de Manaure y Cerro Matoso, S.A., sería una candidez, tanto más en tiempos de Francisco.

Hasta pronto.