Editorial: La otra economía

En los últimos meses cuando el tema de la debilidad económica por la que atraviesa el país es tendencia, algunos medios de comunicación han divagado sobre el peso de la economía subterránea en Colombia y han vuelto los ojos sobre una interesante investigación que al respecto publicó hace algún tiempo el economista y analista Alejandro Gaviria. Infortunadamente el asunto, pese a ser fundamental para poder entender a cabalidad el país y desentrañar su futuro, nunca se ha debatido con la intensidad que merece.

Colombia tiene una inmensa economía ilegal sobre la que no hay cifras disponibles que sean confiables, hecho que hace que sobre ella se especule pero no se puedan fijar políticas claras pese a que son muchas las actividades económicas que se llevan a cabo por fuera de las normas vigentes y los canales normales.

El mundo de la economía subterránea es muy amplio y comprende un dilatado horizonte que va desde actividades que se podrían realizar en forma legal pero que se practican irregularmente para bajar costos, aumentar su rentabilidad y evitar la tramitomanía, hasta siniestras actividades delictivas y lo más preocupante, en muchos sectores de la cotidianidad estatal.

La economía subterránea abarca una proporción demasiado grande de nuestra actividad, está presente en innumerables sectores, tiene mucha aceptación social y moviliza gran cantidad de recursos. Respecto a ella el Estado es débil, no tiene políticas consistentes ni mecanismos de coerción y maniobra aptos para someterla.

Se sabe que cuanto más grande sea ese sector, menos riesgo hay para quienes están en él. Y cada día sus raíces se expanden y profundizan.

La economía subterránea ha existido entre nosotros desde siempre pero a partir de los años 60 del siglo XX tomó inmensa fuerza.




Ella comprende actividades tales como el contrabando, el narcotráfico, las exportaciones ficticias, el paramilitarismo, la compraventa de artículos robados, la piratería, el lavado de activos, la subfacturación y sobrefacturación de importaciones y exportaciones, la evasión de impuestos, la corrupción, el boleteo, la extorsión, el secuestro, el mercado negro de divisas, el hurto de automotores y celulares, entre otras.

La economía subterránea genera una incontrolable inestabilidad en la economía formal, es partera del individualismo, la falta de cohesión social, el facilismo y el culto al dinero fácil.

Tal tipo de economía necesita de un para-Estado y, además, requiere y multiplica la violencia pues ésta le garantiza la prevalencia de los intereses particulares sobre los sociales y le permite pisotear la Ley.

Mientras haya una economía subterránea tan extendida como la que tenemos, el país se descuadernará cada vez más, será inestable y pulularán el delito y la violencia pues ella los necesita para seguir en su loca carrera hacia la anarquía total.