De los presos a sus abogados

MARCO ANTONIO VALENCIA

valenciacalle@yahoo.com

Si alguien conoce la desconfianza, el dolor y la desilusión que causa un gusano en la manzana podrida del sistema judicial, es un hombre privado de la libertad en una cárcel. No tener libertad duele en el alma.  La vida es corta, y más para los que viven detrás de cuatro paredes.

Para el que esta privado de la libertad los profesionales que administran justicia son una esperanza. Una especie de semidioses cuyo conocimiento de la ley podría permitir volver a la vida en las calles, con su familia. Y por eso les duele –más que a ningún otro-, ver, saber, conocer y escuchar cómo un funcionario (llámese fiscal, juez, guardia, abogado) pierde sus valores éticos y profesionales para convertirse en delincuentes dedicados a enriquecerse de la desgracia ajena, y sin hacer bien su trabajo. Ver y sentir como un profesional universitario trata a los presos como seres humanos de quinta categoría, es una vergüenza. Una infinita vergüenza.

Los abogados tienen la misión sagrada de trabajar alrededor de temas esenciales para las personas. Los abogados son guardianes de la dignidad, la libertad y la salvaguarda de los derechos humanos. Y en esa dimensión su función social es delicada, es necesaria y clave para un Estado de Derecho. Pero algunos abogados se olviden de sus deberes, de su educación, de sus funciones… y terminan convertidos en delincuentes más peligrosos que quienes están tras las rejas.

Si un abogado se tuerce, si un fiscal se tuerce, sin un juez se tuerce, el Derecho como carrera se pudre. El sistema judicial como institución garante se pudre. La confianza en el Estado se pudre. La justicia como concepto se desvanece. Gran responsabilidad la que tienen los abogados y todos los que trabajan para que el sistema judicial funcione como debe ser.

Los presos además de atención médica y oportunidades en educación y trabajo, requieren asesoría legal de abogados serios. Es decir, de abogados pulcros, idóneos; y no de profesionales torcidos que los abandonan a su suerte, y no hacen nada real por ellos. O que saben que sus defendidos son maltratados y no les importa.

Durante años hablar de “derechos humanos y derechos civiles” se volvió palabrería barata, un laberinto de discursos vacíos, una serie interminable de conferencias que embolataron el tema. Pero en una cárcel, los derechos humanos se requieren y se necesitan como elementos vitales para la subsistencia. ¿Pero dónde están los abogados?

Las cárceles existen porque existen criminales, porque hay gente mala que le hace daño a sus semejantes y se requiere proteger a la sociedad de personas que son amenazas para otros. Eso no se niega. Esa es la realidad. Pero estar sindicado o condenado por un delito no quita la categoría de “persona” con derechos (y deberes). Y las personas necesitan defensores de sus derechos humanos.

Por tanto, se requieren abogados humanistas al servicio de las causas legales, de la aplicación de las penas justas, de las investigaciones judiciales correctas, de la defensa de los sindicados. No se puede asumir el trabajo de abogado con la ignorancia por toga, y sin idea del dolor que significa estar privado de la libertad.

Los abogados son la esperanza de los presos. Y nada más triste que un abogado lento, desconsiderado, desjuiciado, falto de conocimientos.

Visité como jurado de un evento cultural la Cárcel San Isidro, y de todo lo que me contaron, de todo lo que me pidieron, quiero resaltar este este llamado a la cordura y la pulcritud de los señores abogados.